le feu follet
"Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".
Charles Baudelaire.
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".
Charles Baudelaire.
viernes, 17 de julio de 2015
Paul Valery. Sobre el presente.
"El presente es aquello que mientras dura permanece inacabado, en calidad de ’non-finito’ y por ende impronunciado, inaprehensible...hasta no verse consumado"
domingo, 14 de junio de 2015
La luz , el aire, Philippe Garrel.
Siempre, en cualquier film en blanco y negro, tenemos la sensación de que el claroscuro que se genera sobre las formas de los personajes, es el producto de cómo indiden los haces de luz ; la naturaleza rectilínea de los rayos sólo para su camino una vez se encuentra con las formas corporales. La luz, baña los cuerpos y modela los claroscuros. La luz es acción y los personajes son elementos pasivos.
Con Garrel, uno tiene la sensación de que logra invertir los papeles. La luz es el elemento pasivo, y el personaje, en el transcurso de su acción, modela el claroscuro al tiempo que se produce el moviminto.
En los espacios de Garrel, -y digo espacios porque son volúmenes de luz-aire-, la luz no incide sobre los personajes; la luz está en el volumen del aire, llenando la habitación; se constituye en fluido, no se transporta ni indice sobre las formas corporales. Son los cuerpos los que en su acción de movimiento, hacen patente la potencialidad de este fluido lumínico que colmata el espacio, de la misma forma que el humo de un cigarrillo hace patente el movimiento del aire.
jueves, 11 de junio de 2015
Sentir el silencio.
Hay pocas cosas tan bonitas como sentir el silencio, y entenderlo. Las grandes emociones nos hacen sentirnos
vivos, nos funden con la naturaleza. Lo otro, es entender el silencio; es caer en la profundidad del abismo de
nuestra conciencia, y escuchar que no se oye nada; es en ese momento donde la
existencia se vuelve intensa, aunque apacible, sin sobresaltos. El tiempo -el sentido de su cadencia y duración- , toma una presencia
que le confiere otra dimensión, lo sentimos dilatado, y nuestra identidad, tan
volátil y voluble en la vida real, parece ser una, por unos instantes.
Esta divagación fue el resultado de visionar El nacimiento del amor, de Philippe Garrel. A él le debo que, tras salir los agradecimientos finales sin audio, dejaran mi salón en un silencio que me hizo sentir la intensidad de ese momento, sugestionado, sin duda, por los retazos de verdad que este hombre imprime en cada plano, sin lugar a la afectación, o la opulencia.
11 de Junio de 2015.
martes, 9 de junio de 2015
Nuestra influencia sobre el otro.
Nos pasa más veces de las que
imaginamos. Ante una situación que vivimos con otra persona, interpretamos sus
actos únicamente desde el exterior hacia el interior. Observamos al otro como
si nosotros no existiéramos, y su actitud fuera el fruto de su esencia personal , únicamente influenciado por su propia personalidad y el
entorno que le circunda en esa situación; pero el observador -nosotros-, como si no existiese;
pensamos que nuestra presencia no le ha
condicionado. Nosotros, el juez que sigiloso interpreta la realidad sin tener
en cuenta la constante retroalimentación – inevitable- entre individuos.
Debemos juzgar las situaciones no sólo por sus resultados, no sólo desde el exterior hacia el interior, sino también,
desde el interior al exterior. ¿En qué manera mi presencia, mi comportamiento,
está condicionando la actitud del otro? . Quizás, su retraimiento, su actitud
aparentemente afectada o falta de autenticidad no sea fruto más que del atenazamiento que sufre a resultas de nuestra sola presencia, de nuestra
personalidad invasora. Los invasores son los líderes, los que influyen sobre
los demás sin que ni siquiera pretendan hacerlo. Interpretemos la realidad como
la amalgama resultante entre cómo los demás influyen en mí, y cómo yo influyo en
ellos, evitando hacer juicios absolutos.
domingo, 31 de mayo de 2015
Atención: peligro.
Hasta fechas recientes, vivía en una zona de Madrid con muchas
oficinas. De vez en cuando comía en
alguno de los restaurantes–menú de la zona. Recuerdo un día en el que estaba
sentado, solo, leyendo un libro mientras saboreaba un chupito de pacharán como
sobremesa particular. En todo el restaurante, la tónica general era la de hombres
trajeados. Tenía al lado una mesa de cuatro hombres de mediana edad, entre los
30 y los 50. Inevitablemente, entre sorbo y frase leída, prestaba algo de atención
a su conversación. Leer un libro y observar el entorno no es incompatible, pues
la concentración de la lectura, -si es una lectura de filosofía sobre todo -,
te estimula y abre los sentidos hacia
la interpretación de la realidad que te
rodea.
El hombre algoritmo.
Aquellos hombres, de trajes impolutamente
perfilados, corbatas y gemelos, trazaban un paisaje homogéneo,
hombres máquina, como si fueran una secta; esa impresión iba brotando en mí según escuchaba sus temas de conversación; aseguro
que, durante el rato largo en que estuve
escuchándolos, todos su temas de conversación giraban en torno “a cosas”, a índices
nikkei, a datos de muestreo, a clasificaciones bursátiles; de vez en cuando hablaban
de otras personas, pero en clave bursátil, de una manera cuasi numérica, en el sentido
más frío que nos pueda dar el álgebra. No se habló de ningún sentimiento,
aquellos cuatro hombres regios parecían cosas parlantes que emitían frases frías
como el hielo, algo así como si hubieran perdido su condición humana y hubieran
mutado en algoritmos.
Ellos estaban orgullosos de sí mismos, esto se
nota, piensan que representan una parte del top de la sociedad, la punta de lanza del hombre contemporáneo, actual, frio, calculador, cuyo trabajo consiste en
llegar a las más altas cotas de eficiencia a través de la utilización de una
serie de ecuaciones.
Y yo ahí con mi librito de Aristóteles,
realmente impactado por el contraste entre la condición humanística de un ser
que habitó hace 2.000 años y aquellos hombres sin alma, conmigo en medio como
testigo, cuyo única misión es la de
narrar.
El hombre especialista, cénit de nuestra sociedad.
Hoy he leído un artículo lúcido y
de una agudeza extraordinarias, en el que se sostenía la tesis de que el científico
moderno, que es la figura referencia más valorada de nuestra sociedad avanzada,
se había ido constituyendo en un especialista. La ciencia, en estos últimos dos
siglos ha avanzado en base a la especialización. Esta especialización del
científico, ha ido reduciendo su espectro de conocimientos paulatinamente, y,
según la ciencia avanza, estas personas saben mucho de un poquito y muy poco del
resto. Estos especialistas, -comenta el autor-, se han convertido en unos completos ignorantes
en cuanto que salen de su pequeña parcela de lucidez intelectual, y esta condición
de inculto, se torna más grave cuando tienen la tentación
de ampliar su seguridad personal y reputación social a todos los ámbitos de su
vida, aún sean unos ignorantes en el resto de las materias.
Se habrían constituido en los anti
sabios, en una espacie de virus que es capaz de desbancar al hombre total, el
cual escasea; de hecho, el número de intelectuales
ha ido disminuyendo desde el siglo XVIII en favor de estos especialistas,
símbolo del progreso. Automáticamente, al leer esta reflexión he conectado con
mis queridos hombre-algoritmo del menú-restaurante.
Indicios de irreversibilidad, el no retorno.
Nos creemos que la civilización
occidental, la cultura europea -como apunta el autor- va a estar ahí por
siempre, como si fuera parte de la corteza terrestre.
Creo que no nos estamos dando
cuenta de los rápido que estamos “avanzando”. Los hombres especialistas, –seres incultos-, como paradigma de una sociedad
tecnificada y globalizada , que está empapada de un mar de información
instantánea que incita a la falta de reflexión, y por otro lado, esa condición
paradójica que supone el que haya tanta información disponible, supuesto adalid
de una sociedad libre, moderna, y al
mismo tiempo, que el estado de opinión sea tan inquietantemente homogéneo, ya
que la ansiedad e impaciencia que nos genera la renovación constante de información
y su rapidez, tiene como consecuencia que sólo aquellos que se esfuerzan por administrar
toda la orda de datos e imágenes, terminan encontrando la información que creen
verídica, después de un proceso de criba. Pero este tipo de individuo tiende a
desaparecer, ya que la inercia de la globalización parece tender a arrastrar a
todos.
Todo este cocktail , se me antoja
muy negro, ya que se desarrolla en dos vías que tienden a asegurar que no puedan
surgir grupúsculos que reviertan este ciclo aparentemente irreversible. Primero,
la imposibilidad de que aparezcan hombres sabios, cultos, que tengan el bagaje humanístico
e intelectual suficiente como para entender el mundo actual, poder advertir de hacia dónde vamos, y poder
liderar los caminos a seguir, con criterio y consciencia. Muy al contrario, tenemos al
hombre especialista como punta de lanza de nuestra sociedad, incapaz a todas
luces de tener una perspectiva suficientemente amplia para interpretar hacia
dónde nos dirigimos, o hacia donde deberíamos ir, y porqué.
La segunda, es la
irreversibilidad en términos de capacidad crítica que supone la aplastante
homogeneidad en el estado de opinión general acerca de muchos temas, debido a
la manipulación masiva de los medios de comunicación, que a su vez proviene, -
en coherencia con la globalización- de la concentración de medios de
comunicación en pocos, y gigantes.
El progreso.
La pregunta que me hago, viendo
todo este panorama, es qué significa el progreso. Nos encontramos en esta
carrera hacia la tecnificación de nuestras vidas, amparada en los
descubrimientos científicos y la evolución tecnológica. Ambas parcelas del cocimiento
tienen el máximo reconocimiento de la sociedad,
hay un consenso total en este sentido, luego carta blanca. ¿Cuál puede ser el
resultado de esta avance vertiginoso?, sin una sociedad con capacidad de análisis en tiempo
real para auto diagnosticarnos, parar un poco…, y, por un momento, pensar,
reflexionar.
Estamos emborrachados de progreso, no terminamos de aprehender un avance y
viene el siguiente, envueltos en
una espiral que nos lleva a toda velocidad y nos gusta; nos atrae porque nos estamos
dejando llevar como si fuéramos en una agradable barquita viendo el paisaje variopinto
y fugaz, pero no sabemos hacia dónde va esta barquita; puede haber cataratas,
pero no nos lo planteamos, estamos demasiado distraídos en nuestra euforia de
evolución tecnológica. Hay una excitación generalizada, promovida a su vez por
las grandes marcas. Definitivamente, habría que abolir el marketing…, globalización
y marketing, menudo binomio más peligroso.
Me pregunto cuál es la misión del
hombre, ¿avanzar?, ¿quién define cuáles deben ser las líneas del progreso?.¿Podría plantearse la posibilidad de que mantener lo que tenemos sea una idea de progreso más avanzada y completa que el hecho de avanzar por avanzar?.
Se plantea un debate interesante acerca del destino de la especie humana, quizás estemos programados para estar en constante cambio, pero esa evolución, se supone que debe redundar en la conservación de la especie, lo cual, es un mandato muy básico, aunque motor de nuestra evolución. Si seguimos evolucionando por el reflejo instintivo de la superioridad del hombre, cabe la posibilidad de que perdamos más de lo que hemos ganado ya. Efectivamente, toda la civilización occidental, toda su filosofia, historia, arte, etc, forma parte de un acervo que ha llevado al hombre a unas cotas de espiritualidad muy altas; todo esto corre el riesgo de perderse en la noche de los tiempos con la tecnificación, podemos llegar a crear seres completamente ignorantes, que se dediquen a vivir dentro de un mundo automatizado, -las sociedades tecnológicamente avanzadas, como la sueca, empiezan a plantear la no necesidad de enseñar a escribir a sus niños- . ¿Qué significa ser un hombre, y constituirse como tal?, es una pregunta que dentro de 50 años puede darnos una respuesta sorpresiva; podemos llegar a la deshumanización, al hombre algoritmo, a la desposesión del hombre sobre sí mismo. En estas condiones, una desaparición de la especie es muy posible, ya que nos volvemos muy vulnerables dada la incapacidad de reconocerse y de poder mantener una capacidad crítica sobre el medio en el que vivimos, reaccionando para ir estabilizándolo.
Nos adentramos en un nuevo medievo, el medievo tecnológico, donde la actuación del hombre será sustituida por la máquina,-esto es un tópico muy manido- pero son inquietantes sus consecuencias en términos de pérdida de identidad humana, tendiendo a borrar el sentimiento, la apreciación profunda de la existencia; la espiritualidad perderá su sentido porque no habrá referentes a los que asirse. Sólo quizás, con la aparición de nuevas dimensiones de conocimiento que hagan comprender nuestra existencia desde una perspectiva nueva hasta ahora desconocida, que nos haga ver el universo en un orden nuevo, y nos sitúe, invalidando buena parte de nuestra historia, - como cuando supimos que la tierra era redonda, o el conocimiento sobre la organización del sistema solar - , podamos dar por buena esta carrera frenética hacia un destino incierto con la deshumanización como rasgo alienante, cuya muestra incipiente tuve la ocasión de identificar en esos cuatro compañeros de trabajo habituales, que nada parecían sentir, ensimismados en conceptos vacuos, evitando cualquier tipo de relación a nivel humano durante la comida.
martes, 26 de mayo de 2015
Así, a lo Bresson, a landscape from Jerez.
La mayoría de las fotografías de Bresson
se caracterizan por el hallazgo de ese momento único que retrata una situación singular,
condensada en una milagrosa y bella coincidencia
entre la disposición en el espacio y el instante fatídico en el tiempo. Una coincidencia que hace emerger, de forma
incuestionable, una verdad nueva que el autor, con su don de la observación intuitiva
es capaz de mostrarnos. Estas verdades que Bresson retrata, existen desde siempre soterradas bajo un lodo . Nada nuevo descubrimos
que no estuviera allí gritando a los sordos; quizás, una de las misiones del arte sea
hacerlas audibles al hombre por otros hombres; eso es lo bonito.
Esta capacidad en Bresson para
detectar aquello que es singular y al mismo tiempo trascendente, disfrazado de
anécdota, lo obtuvo con mucha profusión a lo
largo de su carrera; la mayoría de sus grandes fotografías representan
combinaciones de momentos vitales humanos singulares, sumados a la relación con
un marco natural o urbano que parece fundir al hombre y su entorno, como si
ambos, jugaran a lo mismo.
![]() |
| El hombre y el entorno en relación, Cartier Bresson. |
Pero este genio precursor, cuando
se paraba en frente de un paisaje eminentemente estático, lograba,- bajo mi
punto de vista - , captar la fuerza interior
de la naturaleza; no desde la contingencia o ese azar congelado en la
coordenada tiempo, - el instante exacto
no interviene-, sino que, desde lo que ya está ahí inmutable y visible al
hombre diariamente, deviene el desconcierto
que supone ver la condición extraordinaria en lo que vemos todos los días. Y es
que, nada más cierto es, que los humanos nos olvidamos de que las cosas que nos
rodean diariamente son realmente extraordinarias.
Este tipo de fotografías , que
todo lo contienen sin esfuerzo desde la quietud y la paz, me fascinan:
Hace unos meses, contemplé una fotografía de un paisaje del sur
de España. Se trataba de una fotografía en blanco y negro en la que se mostraba
un paisaje estático en la que la línea del horizonte se situaba por debajo del
ecuador del cuadro, dejando así, mayor peso visual al cielo. Aquella fotografía
también me fascinó. Me pareció que unía las dos virtudes que he descrito en Bresson: por un lado, el aspecto singular del momento en
el que las direcciones en diagonales cambiantes de las nubes se combinan con las líneas de pendiente de los diferentes planos de tierra de cultivo, formando
entre sí una bella relación de espejo. Pero al mismo tiempo, esa circunstancia
singular está integrada en un entorno estático donde reina la quietud, y lo
sencillo queda representado de forma tan elocuente que te vuelves a sentir desconcertado.
Una fascinación que uno percibe
como si todo tuviera que estar así ordenado, dispuesto para siempre y desde siempre; la suavidad de las colinas, la sutil ligereza
del vapor de las nubes hablando el mismo
lenguaje que el terreno, y todo ello, enmarcando a todos los pequeños elementos que conforman nuestro mundo diario; los árboles, las pequeñas casas,
como pequeños accidentes geográfcos integrados en
este santuario de paz.
martes, 19 de mayo de 2015
Hazlo otra vez, por favor.
Cada vez que quedo con ella, después,
me acuerdo del momento en que saca su
tabaco de liar y me recreo en el
recuerdo de su imagen dando la primera calada; ese rito suyo se ha convertido en mi momento
de salir al recreo. Cuando estamos juntos, nunca me acuerdo de este momento, la
conversación llena mi pensamiento y mis atenciones; por eso, cuando de repente toma la decisión de hacer el gesto de irse
hacia el bolso y coger su bolsita de tabaco, me pasa como esos perritos, que
cuando ven lo que les gusta y lo estaban esperando, se ponen locos de alegría.
Seguimos
hablando de nuestras cosas, pero yo ya estoy a lo mío. Nunca me acuerdo de cómo
lía el tabaco; sólo recuerdo, cada vez
que lo hace, -y muy nítidamente-, cómo se lleva el cigarro a su sensual boca de carnales labios turgentes, y los junta con decisión para exprimir la
primera calada, mientras clava la mirada desde sus almendrados ojos grandes con firmeza e intensidad hacia el infinito. Y
ahí estoy yo, viendo ese perfil tres cuartos de rostro cinematográfico que me
sugiere que estoy viendo cine.
domingo, 17 de mayo de 2015
Allí, en Clavel con Gran Vía.
Nuestros dos cuerpos daban pasos
lentos; cada paso se abría sobre sí
mismo, tratando de parar caminando, ralentizando
la marcha bajo la escala monumental de
las dos imponentes fachadas que cierran el espacio de la calle Gran vía como un
gran tubo, rodeados de todo tipo de
estirpes urbanas que parecían aislarnos aún más. Se hacía tarde, madrugada, no había tiempo de pensar hasta que un taxi
apareciera, pues los taxis en la calle Gran Vía están disponibles al instante.
Cada momento extra, era una decisión voluntaria. El final de una acera confrontada
con un paso de cebra provocó el “se hace tarde, debo irme”.
Nos miramos a los ojos, y al
unísono, comenzamos el acercamiento hacia el abrazo que habría de conectarnos
para resumir aquellas cinco horas previas de conversaciones. Mis brazos la rodearon cerca de sus hombros;
ella, se fundió en mí, soldada a la
altura de mi corazón en un abrazo en el que todo su ser me transmitió la
urgencia de comunicación. Permaneció
anclada a mí, sin querer poseerme, sino más bien intentando desalojar toda
aquella necesidad de mí, canalizándola a través de las caricias más sutiles que
haya percibido de las manos de alguien, deslizando su mano derecha a través de
mi baja espalda, ejerciendo unas suaves presiones que iban envolviendo la
caricia con una cadencia tan armoniosa como inspiradora de paz. En aquel fatídico
momento permanecí casi inmóvil, absorto, como esos animalitos que acaricias y
se quedan absolutamente quietos, sin
remedio de movimiento alguno por mi parte. Ella arrancó ese momento para ambos, para sí, un deseo inconsciente; fue de justicia, pues antes yo, le había robado su alma.
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