le feu follet

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"Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".


Charles Baudelaire.
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domingo, 18 de junio de 2017

El misterioso encanto de la expresión.



Belleza devastada por una carne tupida de convenciones, de gustos sociales que no son otra cosa que limitantes criterios ejerciendo una acción castradora sobre la capacidad de encontrar la  belleza que mora debajo de algunas epidermis,  y que emerge sobre los rostros de manera misteriosa, inaprehensible,  pero evidente al mismo tiempo  al juicio de sensibilidades despiertas.  Existe en algunas caras  no especialmente bonitas,  ni simétricas, ni proporcionadas según  los cánones de la moda de turno. La Rochelle encontraba su particular pumctum Barthiano en aquel pequeño defecto que humanizaba  un rostro bello, y quedaba ya enlazado con aquella alma.
D'annunzio, en el siguiente párrafo del triunfo de la muerte,  expresa de forma magistral el significado y trascendencia  de la expresión sobre el rostro humano:




"La expresión,  este elemento inmaterial que se proyecta en la materia, esta fuerza mutable e incalculable que invade la máscara corpórea y la transfigura. Este alma externa significativa que sobrepone a la precisa realidad de las lineas una belleza simbólica de un orden mucho más alto y más complejo, esta misma expresión era el encanto de Ippolita"


Gabriele D'annunzio, el triunfo de la muerte.

martes, 14 de marzo de 2017

La imposibilidad de su recuerdo ( francés)



Je sais une seule chose, je veux la revoir. Etudier son visage pendant chaque rendez-vous.


-Pourquoi ? N’es-tu pas capable de te garder son image incrustée dans ta rétine et te perdre dans les souvenirs de ses délicates lignes ?


Non, je ne peux pas ; plus ses traits me fascinent, plus mon incapacité à me souvenir d’elle est grande. Avec la réjouissance d’un enfant qui, jour après jour, coure vers ses parents à la sortie de l’école, est née au plus profond dans mon cœur une cavité que la sensibilité d’une autre femme ne pourra jamais atteindre, l’impérieuse nécessité de la revoir et l’urgence de découvrir ce qui la fait unique, et de sculpter son visage avec mon regard pendant chacune des secondes durant lesquelles nos corps se trouvent proches.

Je crois que l’être aimé est toujours en mouvement à nos yeux et que nous ne pouvons en garder que des images floues ; à vrai dire, d’elle, je n’ai pu graver que quelques souvenirs de courts instants pendant lesquels elle m’a fait grâce d’un geste divin ; lorsqu’elle caresse sa longue chevelure blonde, ou l’un de ces moments où se plissent irrésistiblement le coin de ses lèvres et qui provoquent une sensation de douce complicité.


-Cher Horace, sa beauté est telle qu’elle éveille tous tes sens et en devient insaisissable.

Sa beauté comble mes sens à tel point qu’elle me m’épuise et me défait ; cela ne me semble pas être l’origine de mon incapacité à dessiner son visage en son absence ; la cause est autre, sa personne même projette son extraordinaire individualité dans chaque mouvement, dans chaque nuance de ses gestes.

Elle projette sa personnalité insaisissable dans le délicat habitacle où je confie jalousement ma fragilité. Et cela, mon cher ami, est l’origine de cette incapacité à garder d’elle des souvenirs nets, car la beauté a ses limites mais son être est si vaste.
Un jour j’ai entendu quelqu’un dire : “La beauté attire, la personnalité absorbe ». Elle semble posséder ces deux qualités en parfaite harmonie, au point qu’elles se confondent.


jueves, 29 de diciembre de 2016

El pichi de Capucine.





Aquel sábado de invierno, Horacio debía asistir a dos cumpleaños distintos de sendas Micaelas; anda ya la casualidad. Las dos el mismo día, y en horas casi coincidentes, decidieron que debían celebrar sus onomásticas. Horacio se encontraba indispuesto por las idas y venidas de un incómodo catarro con constante propensión febril

Mientras  alojaba un pañuelo azul de seda italiana en el bolsillo de su blazer, se preguntaba,  si la inconveniencia de asistir a dos eventos en una sola noche,  no terminaría por quebrar su maltrecha salud, que tanto le había minado su ánimo, y entristecido sutilmente algunos rasgos de  su faz en esos días.

Salió de casa con cierto retraso, -algo que solía provocar intencionadamente,  para activarse a través de la euforia que inducen las prisas, al obligarse a ser puntual -   .Así de escrupuloso y estricto era Horacio en este asunto; en contraste con esas personas que sienten  en la espera de los demás  un sutil regusto vanidoso,  casi inconsciente.

Apenas media hora faltaba para la cita con el primer cumpleaños de la noche, y  no tenía regalo alguno en su poder. Ciertamente,  se planteó colaborar en la cuenta que alguien creo en internet para un regalo común,   pero justo el día de antes almorzó con su madre, la cual quedó asombrada cuando Horacio le mencionó la posibilidad de tan curiosa forma moderna de regalar. Terminó por espetar: “es horrible,  hijo;  regalar es, más que cualquier otra cosa, el tiempo empleado en buscar un regalo para la persona; es una ofrenda de pensamiento y de tiempo personal que uno entrega al cumpleañero figuradamente, al ir a buscarlo”.

Su madre, con aquella reflexión, le indujo a pensar  que el rito del regalo conjunto, tan en boga últimamente, se servía del ardid de camuflar la falta de interés personal hacia el cumpleañero, bajo el propósito loable de juntar los montantes de dinero para satisfacer, - bajo un regalo común - ,  un regalo caro que el cumpleañero ambicionara.

Alzó las solapas de su blazer para aplacar el frío nada más salir a la calle desde el portal; quizás también algo por estética, pues llevar las solapas del cuello elevadas, confiere un aire elegante y bohemio, incluso un cierto tono desafiante a lo James Dean. Tomó la calle Moreto camino abajo;  a su paso por la trattoria saludó a Gabrielle,  un camarero animoso y siempre de buen humor; es un chico despierto y muy ambicioso. Cuando se conocieron una noche en que Horacio fue a cenar allí solo, Gabrielle se mostró eufórico con su reciente llegada a Madrid,  proveniente de  Milán.  Horacio quedó impresionado por la forma en que el joven italiano mostraba un optimismo por el cual,  aseguraba que iba a conseguir un trabajo estupendo, mejor que el que acababa de conseguir de camarero. 

El chico destilaba esa fuerza del joven que llega a una ciudad desconocida y está dispuesto a comerse el mundo. En el transcurso del rato en que el entusiasta joven se expresaba con una mirada brillante e intensa, -con gestos de gran seguridad y convicción acerca de sus proyectos futuros - , Horacio,  los dedicaba en parte a enternecerse, pensando en si lo que realmente daba fuerza a este chico era su ingenuidad, esa fuerza del que nada tiene y nada ha experimentado. Es la fuerza de los jóvenes que pueden llegar a lograr grandes conquistas debido a la potencia que les da el desconocimiento de las arduas barreras que aparecerán en su camino.  

Horacio consignó el propósito de ir observando la evolución del chico en los meses siguientes para averiguar si su fuerza bebía del poder de la ingenuidad,  o si,  por el contrario, Gabrielle tenía un poder vital fuera de lo común; en cualquiera de los casos, sólo el escucharle, ya provocaba tal estado de sugestión sobre Horacio, que sentía un fortalecimiento revitalizante de las fibras que se encuentran en capas ya algo aletargadas por la acción implacable que ejercen las desilusiones del tiempo,  y que la voz animosa y llena de esperanza de Gabrielle,  lograban hacer reverberar de nuevo,  como si anhelaran volver a la vida.

En pocos minutos cerraba la lujosa tienda que Carolina Herrera tiene en la calle Serrano. Tenía en mente esos complementos que las grandes tiendas de lujo  ofrecen a sus clientes a precios moderados; lo que supone acceder a algo exquisito, -aunque sea un pequeño llavero de cuero-, a precios asequibles, manteniendo la categoría de detalle de lujoso.. 

Por la experiencia que adquirió en otras ocasiones al comprar detalles para conocidos y familiares, sabía que una vez elegido el regalo, el personal de la tienda se afanaba con delicado mimo en la preparación del envoltorio; algo característico de la firma,  ya fuera un discreto artículo o un gran abrigo. Horacio no se sintió importunado por la ya tradicional espera; muy al contrario,  lo consideraba como un sutil  agasajamiento al cliente,  y ello le permitía deambular por  los elegantes espacios de la tienda,  abandonándose a la placentera observación del lujo y decoración exquisitos de sus anchos pasillos y amplias estancias,  sin el temor latente a ser abordado por el inexperto ímpetu de algún vendedor que pudiera quebrar la serenidad de su contemplación.

En otras ocasiones, se dejó maravillar por efecto embriagador de la visión distraída del conjunto de estímulos,  dejando que penetraran por sus sentidos sin codificarlos,  por propia voluntad,  como un torrente que todo colma; pero esta vez,  decidió que ya era hora de tomarse un tiempo de atención más profundo,  y tratar de entender los criterios estéticos que daban forma a la arquitectura interior de aquellos cálidos espacios. 

La particularidad de que fueran dos regalos,  - y no uno,  como habitualmente -, le dio más tranquilidad para,  por fin, poder recorrer todas las estancias una a una; las cuales estaban conectadas por anchos pasillos, o bien se solapaban imbricándose,  formando regias estancias de geometrías regulares. La gran altura de los techos,  - o cota baja de los suelos-, como irónicamente le recriminaba el actor Albert Finney a una señora que profirió tal comentario, admirada por la envergadura que tenían los espacios de la moderna casa del personaje de Arquitecto que Finney encarnaba en la película “Dos en la carretera”, dotaban a las salas de la tienda de un porte majestuoso. Ello constituía un motivo rector del proyecto de decoración, pues era claramente perceptible a los ojos de de Horacio, la repetitiva utilización de esbeltos paneles rectangulares paralelos a las paredes,  que remarcaban la monumentalidad de la altura de las estancias;  todos estaban mínimamente destacados respecto a los paramentos verticales,  evidenciando sutilmente su independencia;  dichos elementos rectangulares, estaban forrados enteramente por espejos de una pieza , -del suelo hasta el techo-,  y podían rotar sobre el eje vertical,   de manera que el efecto de agrandamiento del espacio podía ser cambiante según se variara el ángulo de posición de paneles;  siempre girando en márgenes de angulación aguda, sensiblemente paralelos a la directriz marcada por los muros de los pasillos o estancias a los que obedecía el ser de su ubicación.

Los paneles flanqueaban, a su vez, unos aparadores con cajoneras y estanterías donde los objetos ocupaban cavidades que guardaban proporción armoniosa con los tamaños y formas de los objetos, - cada uno iluminado por un solo foco -,  generando un efecto  de refinamiento y compensada composición,  que inducia a pararse en cada uno; lejos del efecto vulgar de los mostradores de otras tiendas, en los que se apilan los productos como en un bazar. Horacio quedó prendado por varios fulares de seda, y tras acariciarse las yemas de los dedos,  rehundiéndolos entre tan tersos paños,  dirigió la mirada hacia el final de otra estancia,  donde advirtió una decoración menos solemne que en las estancias que había recorrido; una gama de colores vivos, azules y rojos, parecían enmarcar las estanterías de madera ocre oscuro, resaltando las aristas , y formando bellas grecas luminosas. 

Se dispuso a atravesar la estancia,  cuando,  un instante antes de girar para entrar,  posó con sumo cuidado una mano sobre la jamba del gran pórtico de entrada;  con una  quietud inesperada, - como si se pudiera encontrar algo incómodo, algo que no sabía lo que podía ser; y ese mismo temor sordo,  quebró ligeramente la discreta placidez que gobernó sus pasos en las estancias anteriores -  ; sobreviniéndole un estado de timidez que caracteriza a las personas prudentes,  cuando intuyen que pueden estar rebasando el límite que deja detrás lo público,  para adentrarse en espacios más íntimos,  acaso estancias privadas de los empleados. Quizás fuera ese el origen de su temor,   como pasa a menudo en las grandes villas,  en las que el invitado,  aun estando unido mediante fuertes lazos de amistad con el anfitrión, le puede resultar embarazoso perderse por estancias con la involuntariedad que sufre el que desconoce los insospechados matices de los órdenes de privacidad que cada cual confiere a sus propias casas, -con el poder que da la consciencia sobre la total la propiedad de un bien- ,  y que, en caso extremo, puede canalizar pasiones ocultas que el propietario no pueda proyectar en otros ámbitos.


Micaela, de origen francés, había alquilado un  apartamento diáfano en una zona propia de de extranjeros que quieren sentir el pálpito propio de la ciudad ,  y no les pertenece












sábado, 5 de noviembre de 2016

- Su efecto en mi - .


Tras tu sombra aguardo, en una dulce espera,  a distinguir la señal que de comienzo a nuestra andadura. Tu presencia,  me regala un placer estético que en sosegada paz disfruto, pues sé,  que detrás de esos bonitos pliegues de tersa piel y cabellos lustrosos, existe mujer con altura de miras, de hondas convicciones,  y virtuosismo para con sus semejantes.
Incluso tus imperfecciones se me hacen graciosas y tiernas, como parte de un encanto ingenuo y natural que,  en combinación con ese equilibrio personal que tu presencia corpórea me transmite, terminas por arrollarme, y  disfruto de tu poder para doblegar mi voluntad de polémica, al tener que rendirme ante esa mirada tuya que me cautiva y al tiempo me hace recobrar bondad, haciéndome sentir más humano.





jueves, 27 de octubre de 2016

Frases Proustianas.





[... y aunque era un temperamento frío,  tan incapaz era de grandes acciones como de villanías.]


Marcel Proust. Los amores de Swann.







domingo, 28 de agosto de 2016

La belleza del gesto: La femme parisienne.



Paris, Julio 2016,   L'Odeon. Saint Germain des Pres.



Su autoridad procede del gesto. Es consciencia en la manera de mover cada parte de su cuerpo, consciencia que deviene en naturalidad;  una armonía de movimientos en los que cada parte ejecuta el movimiento preciso, como el sonido diferenciado de cada instrumento en el seno de una orquesta.

Desde que regresé a Madrid, no paro de pensar en la manera de describir esta sensación de elegancia natural que transmite la mujer  parisina en todos sus gestos y movimientos, pero se me escapan los pensamientos y las sensaciones, incapaz de concretarlos en certeras palabras que puedan dar con la clave. 

Ha siso leyendo un pasaje de Proust,  cuando mi ansiedad se ha visto disipada al encontrar, como si de un hallazgo se tratara,  unas frases en las que  queda esta clave del gesto reflejada en unas palabras bellas y exactas, dignas sólo de un genio como él.


<< Su amabilidad, exenta de todo snobismo y del temor a parecer demasiado amable, era desahogada y tenía la soltura y la gracia de movimientos de esas personas ágiles cuyos ejercitados miembros ejecutan precisamente lo que quieren,  sin torpe ni indiscreta participación del resto del cuerpo.>>



Marcel Proust, Por el camino de Swann.












pequeñas joyas






Por entonces,  era primavera,  una primavera helada y pura.

                Marcel Proust. Por el camino de Swann. 





Estas frases de involuntaria belleza me conmueven. Las leo,  y  al llegar al punto y final, después de recorrer sus palabras con mirada distraída y sin esperar nada especial, compruebo con desconcierto, cómo aquel pequeño cúmulo de palabras terminan por dotarsede una belleza tierna y humilde.
Pasa igual que, cuando por azar, durante el otoño, es posible encontrarse con un suave golpe de viento que haga entornarse una hoja, retorciendo sus pliegues en suaves giros de gran belleza.




lunes, 1 de agosto de 2016

Que vuelva Voltaire.



A la propensión de emocionarse con la belleza de la  mujer lo llaman exageración, no se dan cuenta de que es otro tipo de cordura.



domingo, 31 de julio de 2016

Madrid y París




Era una mujer que llegaba a intimidarme por la sola razón de advertir en ella  el mismo tono de fría cordialidad,  tanto para decir que quería parmesano en el plato,  como para declararme que deseaba  pasar  un fin de semana conmigo.




miércoles, 8 de junio de 2016

Piccolo pensiero.





Imaginaba escenas  para el  fin de semana - como acostumbro - proyectando alguna cena o café aislados, distracciones puntuales;  quizás,  en compañía de alguna fémina que pudiera haber conocido recientemente. Sorpresa la mía cuando,  al centrar mi pensamiento en LSM , tuve el dulce e intenso deseo de  concebir el fin de semana acaparando todas las horas del reloj de todos los días del fin de semana a la belle femme de sofisticado escote parisino, refinado estilo y distinguido aspecto.





lunes, 30 de mayo de 2016

El verano.






Murió en septiembre de 1728. Septiembre otra vez. No había nada que hubiera amado tanto como el verano, los últimos días del estío, la espesa y suave textura de su luz.




Pascal Quinard. La lección de música. 1987.






viernes, 29 de abril de 2016

Habitación 7-1




Hoy está candasa, bueno, quizás está  algo baja de moral. Cada día trae un semblante diferente. Al principio, si la notaba un poco triste o fría, lo atribuía a una distancia que imponía como respuesta a mi sutil  coqueteo.

Siendo franco, no sé qué hago o dejo de hacer con respecto a ella; esta situación es de naturaleza tan singular, que me pilla de nuevas, sin armas. En esta caso,- la libertad  del corazón abierto a interaccionar-, la que sigue por sentirse liberado para ser tú mismo con respeto a la otra persona, queda cercenada;  lo que pierdo en identidad-libertad,  lo gano en sutilezas. Mi  ingenio se agudiza mientras el espíritu me dice que se siente algo apesadumbrado.

Fue a principios de Abril cuando le abrí mi puerta. Va a terminar el mes y mis ensoñaciones ya están en avanzado desarrollo de locura. Entre nosotros, o existe la luz de un día azul de estos que nos deslumbran, o caen jarros de agua. En uno de esos días bañados por el sol, consigo con requiebros entrar en conversaciones sobre su vida, me encanta verla disfrutar contando cosas que le atañen, es en esos momentos cuando abre una pequeña ventanita y me cuelo dentro de su salón interior. Puedo deambular como un niño toqueteando todo lo que encuentro a mi paso, probando que me dice cada pequeño objeto que ahí se encuentra, escondidos al gran público.


Cuando habla de algún logro de conocidos suyos, proyecta una felicidad serenamente desbordada. Un alma virtuosa ha ido a desembocar en mi vida. Agradezco al destino la oportunidad de poder disfrutar de personas que se alegran con el bien de los demás. Estas son las cosas que me alegran la vida, los verdaderos hitos que nos hacen sentirnos vivos advirtiendo la felicidad del ajeno, y en ella , verdaderamente, todo se torna especial bajo ese rostro que emana calidez.  Ella transforma la felicidad en una cadena de sentimientos transportados desde la escena que describe mientras mira ensimismada musitando la situación, - extrayéndola de otro lugar y otro tiempo -, provocando que  atraviese sus suaves formas corporales , dejándolas sobrecogidas y satisfechas, hasta llegar a mí , mientras la contemplo con verdadera devoción.





sábado, 9 de abril de 2016

Una entre un millón.



A menudo se considera que aquel hombre ejerce su hegemonía sobre las mujeres es un hombre exitoso. Coleccionar amores siendo la parte dominante de una pareja - el conquistador - puede tener su atractivo.  Sin embargo, es un papel en realidad epidérmico, teñido de vanidad y falta de ambición espiritual;  pero nadie puede elegir tropezarse con su femme fatale para revelar la banalidad de sus amoríos pasados. Creo que pocos hombres conocen a aquella mujer por la que pierden toda voluntad,  aquella mujer que cuando está presente delante de ellos,  dejan de ser ellos mismos para quizás ser aquel ser que realmente son, porque su sola presencia ejerce un poder de atracción tan irracional como peligroso para ese hombre; son cielo e infierno a la vez, lo sublime y la fatalidad al mismo tiempo.

sólo es esa mujer que de entre todas,  te vuelve el ser más vulnerable, y ese sentimiento de debilidad primigenia, -casi  embrionario-, abre la senda para desmontar las capas más íntimas del corazón de un hombre;  al contrario de lo que la creencia social hoy en día piensa, le hace a uno sentirse más hombre que nunca, sacando a relucir la conexión más intensa entre la percepción de uno mismo y el sentimiento de estar intensamente vivo. Nunca me he sentido tan hombre como cuando su presencia me debilita y desnuda mi esencia masculina más íntima en interacción irracional con su poder femenino. 








martes, 15 de marzo de 2016

Cierra los ojos.








Dale al Play en el  vídeo. Deja tu habitación a oscuras e imagínate que con los acordes de esta canción estás en el asiento de copiloto en un coche; el conductor se acerca, se desliza hacia ti lentamente con la cabeza apoyada aún sobre el respaldo, tú a su vez, te acercas silente, también con tu cabeza recostada. Ambos rostros están muy cerca y se miran, mientras, sienten cómo la música de esta íntima canción se mezcla entre sus miradas. Es de noche,  y la oscuridad les aísla a ambos de la actividad de la cuidad. Poco a poco, al tiempo en que ya suenan los acordes de los coros armoniosos de esta maravillosa canción, ambos se acercan más;  sus cabezas han ido ondulando suavemente en movimientos armoniosos sintiendo cómo la música les envuelve inundando toda la superficie de su pequeño habitáculo; mientras,  se siguen contemplando, -no se ríen-, se dedican a admirarse en la intimidad de su  cálido recinto aparcado en una calle anónima de Madrid.
Después de dos minutos, ya imbuidos de esta clima de confianza y armonía, los labios de ambos se tocan, sus pliegues quedan solapados y ya no se separaran más en los minutos restantes en que esta canción viva; los movimientos de sus bocas serán suaves como los acordes de los coros,  y tan íntimos como la voz de su cantante. Todo resultará tan natural que ambos percibirán que de repente han traspasado la barrera de las distancias entre los individuos y se sentirán unidos el uno al otro a través del interior, pudiendo mirarse ambos desde ese punto de inflexión en adelante como si ya sumaran un nuevo yo entre los dos. 
Para cada uno de ellos, el otro le hará ser feliz en su presencia,  de forma que ambos , en conjunción, muestren la mejor versión de sí mismos,  unidos y formando un equipo que se proyecta siempre hacia el futuro con alegría"



Dedicado a Emily.


domingo, 21 de febrero de 2016

Apoyada sobre el muro.





Por fin nos despedimos de unos desconocidos para mí,  conocidos por ella. Avanzamos unos metros por la acera y ya me sentí libre para rodear su cintura,  mientras caminábamos hacia el coche. Un buen rato de contención en público me hizo poder saborear  con mayor regocijo el disfrute mutuo. Por fin volvíamos a la agradable rutina de acariciarnos constantemente, mirarnos con complicidad cada pocos pasos, y besarnos sin límite en cada espera para cruzar cualquier calle.  Serían alrededor de las 4 de la madrugada. Poco quedaba ya por hacer, salvo llevarla a casa de sus padres y disfrutar por el camino  de nuestra intimidad lejos de la distancia que nos dictaba el estar en público.

Caminábamos por una de las aceras de la embajada de EEUU, la acera estaba poblada por las hojas de los plátanos que son símbolo arbóreo de las calles de Madrid. Sus tonos amarillos, a veces muy luminosos, comparte el suelo en armonía cromática con el suave color grisáceo de las aceras. A un lado nos flanqueaban los troncos de los árboles, al otro un imponente muro de la valla de la embajada.
La temperatura era fresca, pero en ningún modo incómoda. Los dos sentíamos una  pequeña  euforia en la conversación  por ser dueños de nuestra intimidad en el solitario Madrid de las madrugadas de otoño.
No quería que aquel feliz trance en forma de  paseo terminara. Me sentía feliz por advertir que aquellos momentos tan sencillos me eran tan gratos, y  tener la sensación de que no necesitaba nada más que a ella arropada por mi brazo en su cintura,  nuestro alegre paseo y el relajante paisaje urbano nocturno de Madrid.

Ella aminoró,  soltándose suavemente  de mi cintura.  Se detuvo  e  inclinó su cuerpo graciosamente para apoyarse en el muro; ya es la segunda vez que interrumpe un paseo para apoyar su esbelta figura, su espigado cuerpo curvilíneo sobre un muro callejero que limitaba con la embajada.  “He parado para mirarte” –  me susurraba dulcemente mientras me miraba con una amplia sonrisa - . He descubierto lo agradable que me resulta poder mirarla de cerca, cuanto más cerca estoy de su rostro, más te cautiva la acción conjunta de sus expresivos y dulces ojos,  más una media sonrisa entre bondadosa y complacida. Ya el tiempo no cuenta.

Empezamos a contemplarnos, a recrear nuestras miradas el uno en el otro, apoyamos nuestros antebrazos en los hombros del otro, nos abrazamos, nos cogemos de la cintura alternadamente. Ya el tiempo no cuenta.


Mientras, hablamos de cualquier tontería, cualquier carantoña es válida para tocarnos, para conocernos a través del tacto de nuestros cuerpos en conjunción;  nuestras miradas constantemente cómplices y juguetonas, sabedores de que este juego es tan intenso y gratificante como verdadero y trascendente. Quizás sea esta mezcla entre juego y proyecto común el que hace que estos momentos se proyecten en el tiempo, y una breve parada de una pareja sobre un muro se convierta en 40 minutos.





miércoles, 17 de febrero de 2016

Nuestro portal.




Noche tras noche,  situados en el límite de la puerta de acceso a tu portal, nos besamos apasionadamente. Después de nueve horas ininterrumpidas de besos,  caricias, miradas cómplices y conversaciones de todo tipo, - nueve horas que iban ser un café de una hora; lo nuestro es inevitable,  imparable- ;   llega la hora de que MP entre por su portal camino a su apartamento. La excitación amorosa es tal, nos rodea, colma nuestros sentidos de tal manera, que el hecho  de romper la impetuosa continuidad de nuestros besos y carantoñas parece un objetivo difícil, casi imposible de cumplir. Salimos del coche y te rodeo con mis brazos por detrás, apoyando mi cabeza sobre tu rotundo y recto hombro de mujer esbelta; vas girando tu cuello esperando que yo te bese la mejilla, sonríes;  caminamos juntos unos metros y te ríes abiertamente, mientras, aprieto con fuerza mis brazos para sentir tu vientre de mujer.

Llegamos al quicio de la puerta del portal, la entrada tiene un escalón de granito. Siempre nos situamos elevados en ese límite, jugando a alternar nuestras posiciones en él,  unas veces tú, otras veces yo. Tú,  casi siempre te sitúas apoyada en la puerta,  esperando a que yo te asalte apasionadamente unas veces, con ternura en otras. Te vuelvo a rodear con mis brazos, -esta vez enfrentado a ti- ; no puedo evitar acercarme con decisión y sentir nuestros cuerpos más entrelazados al apoyarte sobre la puerta. Nos besamos repetidamente con besos largos y otros pequeños que saben a gloria. Después,  paro un poco,  y cogiendo tus dos manos me separo un poco para poder contemplarnos mutuamente, con ternura y conscientes de nuestra pasión. Me dices que te has de marchar, -son las dos de la madrugada-, pero ambos sabemos que es imposible;  las ganas de estar fundidos, de que nuestros cuerpos estén en permanente contacto son tan grandes que llevamos ya 10 minutos de amor sobre ese escalón de granito y la portezuela de madera ocrre como testigo. Es navidad, y a través del cristalito translúcido de la puerta sentimos los destellos de luz parpadeante que perfilan  tu silueta con sus brillos;  es el arbolito que tú colocaste en la entrada.

Retomamos nuestros abrazos;  los  besos se tornan más compulsivos porque sabemos que el final se ha de producir. Durante  algunos instantes, mientras tú te sonríes con esa mirada tan cálida que te caracteriza,  tengo pensamientos que me hacen reflexionar sobre la intensidad de lo que estamos viviendo; oigo un ruido al otro lado de la calle, y dirijo mi mirada a algún lugar del edificio de en frente; me pregunto si alguien está siendo testigo de esta escena de amor ilusionante que los dos vivimos cada noche en este mismo rinconcito;  imagino que habrá de haber alguien que sea testigo de nuestro amor, debería haberlo. Es tan bonito,  tan limpio,  puro,  inocente y sincera nuestra atracción,  que me asalta de repente el pensamiento de que esto podría acabar;  ¿y si esto no durara para siempre?;  es tan bonito que me da miedo que termine, como el niño de Proust cuando espera el beso de su madre y lo anhela tanto que casi prefiere no recibirlo,  por el temor al sentimiento de pérdida posterior.

Me gustas. Abres la puerta apoyando tu espalda sobre la hoja mientras fijas tu mirada en el infinito como ensimismada , - realmente sólo la entornas-, y te yergues estática mientras yo te asalto otra vez.

 – No te vayas, espera.

El óvalo entero te vuelve a sonreír con una expresión de felicidad que se puede advertir en cada pequeña detalle de tu expresión facial.

Entramos en un bucle de pequeñas despedidas que en realidad se diluyen en una voluntad quebradiza debido a la fuerza de la pasión; sabemos que no es posible aún despedirnos. Abres la puerta totalmente y parece que vas a darme la espalda definitivamente. Sólo es un amago.  Te das la vuelta y con la perspectiva que me confiere estar ya en la acera,   puedo contemplar tu esbelta figura de mujer,  tan estilizada y jovial.   Sólo una personalidad como la tuya puede mover ese maravilloso cuerpo con tal gracia y sutileza elegante, con un estilo tan personal que te hace única. Qué placer visual.

No pienso dejarte marchar así;  corro hacia ti y te dejas alcanzar dejando tu cuerpo entregado sobre mis brazos mientras vuelves a reír con dulzura.

- Hay que marcharse, tu madre no va a poder entender cómo una despedida dura tanto.

- Sí, he de irme, ¡mañana nos veremos otra vez!


Empiezas a girar tu espalda,  finalmente das  un par de pasos,  y, súbitamente,- consciente de que sigo ahí admirándote y pidiendo un último beso Proustiano-, te das la vuelta con energía, te abalanzas enérgicamente  sobre mí y me das un solo beso;  ese beso que resume toda una maravillosa jornada de 9 horas. Estoy extenuado; felizmente vaciado de amor.

La puerta esta cerrada; me quedo mirando hacia la acera confuso, como un animalillo que acaba de despertar de un sueño extraño, confundido;  ahora estoy en la calle y finalmente, antes de partir, dirijo la mirada hacia ese lugar en el edificio de la acera de enfrente donde debe estar ese testigo anónimo; ahí debes estar, tras el reflejo de alguna ventana.












domingo, 14 de febrero de 2016

Al lado del Perro y la Galleta.




Disfruto a cada paso que doy contigo. Los dos caminamos con el mismo paso calmado y al tiempo grácil; tu compañía me es tan agradable. Cada momento del paseo me nutre de sensaciones placenteras, suavemente,  como el constante placer que emana del aroma de un buen perfume sobre el cuello de una dama de gusto exquisito;  estoy gozoso, orgulloso de tenerte a mi lado. Cada pocas zancadas nos miramos y tú me brindas sonrisas de cómplice. Te iluminas; tus ojos y tu amplia sonrisa me transmiten satisfacción. En cualquier momento, tras una broma mía, mirarás al cielo clamando paciencia con ese gesto que es tan tuyo y me devolverás una mirada de tierna alegría. Siento que me amas en esos instantes críticos de extasiante felicidad.

Rodear tu mano me resulta tan natural… ;  no me he dado cuenta y ya te he abrazado la cintura. A veces,  pongo mi antebrazo sobre tu hombro; otras,  eres tú la que con espontánea dulzura colocas el antebrazo sobre mi hombro mientras me miras con cariño. Opps, no nos hemos dado cuenta  y hemos llegado a nuestro destino;  ha pasado el tiempo tan rápido… .Me apoyo sobre la valla de esta calle transitada y céntrica de Madrid. Tú, jovial y sonriente,  te aproximas decidida a tomar mi cuerpo mientras mantienes tu  mirada en la mía. Ya me tienes, estamos fijados el uno al otro, fundidos. Me  rodeas con tus estilizados brazos mientras yo utilizo esos instantes para contemplar tus imponentes hombros de extraordinaria feminidad y simetría. Te miro a los ojos otra vez:  sientes un cándido pudor y retiras tu mirada proyectándola hacia algún sitio en ninguna parte del paisaje. Es en ese preciso instante en que tu mirada paraliza la ciudad,  cuando estremeces algo en mi interior, y quedo conquistado.. 



jueves, 11 de febrero de 2016

Tu presencia.





Gozo de mi alma,  observarte en movimiento. Me reconozco a través de ti, cuando suspiras sin razón alguna. No necesito poseerte con el abrazo de nuestros cuerpos, porque ya en la distancia en que mi mirada te penetra, me siento habitando dentro de ti. Nada hay más intenso, más auténtico y más sencillo que un amor irracional: el del sentido de la no razón. Te siento sólo con avistarte. No necesito apostar por ti, pues tú te me desparramas con un leve giro de tu cabeza, o una mirada al cielo. La espontaneidad de tu risa;  mi paz me das.



viernes, 29 de enero de 2016

Contrastes.




A veces, me sorprendo a mí mismo sintiendo cierta sensación de alegría inesperada. Siento desconcierto. ¿Por qué de repente me siento contento?. Transcurrido apenas un minuto,  al volver a mi estado normal de apatía,  ese dolor constante que llevo tan encima y del cual permanezco inconsciente por la continua persistencia que ejerce el peso de su lastre,  queda eclipsado por un pequeño momento de distracción que sólo evidencia cuan hondo recalaba el umbral de mi tristeza.   Cualquier mera distracción me proporciona un alivio;  así es de relativa la percepción de la felicidad. Ya hace algunos años que vengo valorando vivir a diario en un piso muy discreto, y reservar los fines de semana para una serena villa.





jueves, 28 de enero de 2016

Naufragar en su recuerdo.




Voy dando pasos mirando al suelo, me ayuda a pensar,  a abstraerme de lo que me rodea.  Mi ansiedad por observar todo aquello que acontece a mi alrededor mientras camino por una calle se ve mermado en favor de una concentración cuando declino mi mirada hacia el suelo de la capital.  Un hombre que camina solo, al igual que yo, me rebasa,  y unas zancadas más adelante , situado ya a unos 4 metros de mí, ralentiza la marcha y se queda a una distancia constante, igualando mi ritmo.


Voy fijándome en sus pisadas; el ritmo de sus pasos es igual que el mío, aunque él es un poco más bajo.  En ese instante me doy cuenta de que llevo pensando varios minutos en ella, en su recuerdo. Retomo el ánimo y me digo a mi mismo que he de olvidarme de su recuerdo, que en nada me beneficia permanecer en el limbo de lo vivido y ya pasado, y que, imitando el comportamiento de esas personas que todo lo superan, debo, decididamente,  borrar mi pensamiento en ella y buscar el aliento de algo nuevo que me cure, que me sane de este supuesto pensamiento recurrentemente inútil.  Esto me genera un lapso de optimismo, de voluntad renovadora;  sin embargo, unos segundos más tarde me arrepiento. Siento como si me estuviera traicionando a mí mismo. ¿No es acaso mi  naufragar en su recuerdo la única herramienta que me hace sentir la intensidad de la trascendencia vital  de mi amor por ella?. Me niego a olvidar de forma voluntaria, no quiero cosechar un éxito social en base a la deslealtad de uno consigo mismo.  Quiero, muy al contrario, sentir un dolor que es proporcional a la felicidad que he acumulado durante estos meses y que no podía alcanzar a entender el porqué me había sido concedida.  Ahora, desde el apacible desconcierto que ya genera el paso de los días, quiero continuar con mi luto.