A veces, me sorprendo a mí mismo
sintiendo cierta sensación de alegría inesperada. Siento desconcierto. ¿Por qué
de repente me siento contento?. Transcurrido apenas un minuto, al volver a mi
estado normal de apatía, ese dolor constante
que llevo tan encima y del cual permanezco inconsciente por la continua persistencia que ejerce el peso de su lastre, queda
eclipsado por un pequeño momento de distracción que sólo evidencia cuan hondo recalaba el umbral de mi tristeza. Cualquier mera distracción me proporciona un alivio; así es de relativa la percepción de la felicidad. Ya hace algunos años que vengo valorando vivir a diario
en un piso muy discreto, y reservar los fines de semana para una serena villa.
le feu follet
"Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".
Charles Baudelaire.
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".
Charles Baudelaire.
viernes, 29 de enero de 2016
jueves, 28 de enero de 2016
Naufragar en su recuerdo.
Voy dando pasos mirando al suelo, me ayuda a pensar, a abstraerme
de lo que me rodea. Mi ansiedad por observar
todo aquello que acontece a mi alrededor mientras camino por una calle se ve
mermado en favor de una concentración cuando declino mi mirada hacia el suelo de la capital. Un hombre que camina solo, al igual que yo, me
rebasa, y unas zancadas más adelante , situado
ya a unos 4 metros de mí, ralentiza la marcha y se queda a una distancia constante,
igualando mi ritmo.
Voy fijándome en sus pisadas; el
ritmo de sus pasos es igual que el mío, aunque él es un poco más bajo. En ese instante me doy cuenta de que llevo
pensando varios minutos en ella, en su recuerdo. Retomo el ánimo y me digo a mi
mismo que he de olvidarme de su recuerdo, que en nada me beneficia permanecer
en el limbo de lo vivido y ya pasado, y que, imitando el comportamiento de esas
personas que todo lo superan, debo, decididamente, borrar mi pensamiento en ella y buscar el aliento
de algo nuevo que me cure, que me sane de este supuesto pensamiento recurrentemente
inútil. Esto me genera un lapso de optimismo,
de voluntad renovadora; sin embargo,
unos segundos más tarde me arrepiento. Siento como si me estuviera traicionando
a mí mismo. ¿No es acaso mi naufragar en
su recuerdo la única herramienta que me hace sentir la intensidad de la
trascendencia vital de mi amor por ella?.
Me niego a olvidar de forma voluntaria, no quiero cosechar un éxito social en
base a la deslealtad de uno consigo mismo. Quiero, muy al contrario, sentir un dolor que
es proporcional a la felicidad que he acumulado durante estos meses y que no
podía alcanzar a entender el porqué me había sido concedida. Ahora, desde el apacible desconcierto que ya
genera el paso de los días, quiero continuar con mi luto.
sábado, 26 de diciembre de 2015
Sobre la confianza.
"Toda confianza es peligrosa si no es completa: hay que decirlo todo o callarlo todo"
Jean de La Bruyére.
lunes, 7 de diciembre de 2015
La elocuencia de tu silencio.
Desde tu silencio, sé que me amas. Diriges la vista hacia otros lugares; mientras, yo te observo esperando el encuentro de nuestras miradas.
Ahora ya sé que tú sí que lo sabes; que me has encontrado, lo detecto en tu silencio, que grita cada día con más intensidad.
Mi desconcierto no era más que el resultado de mi torpeza, mi incapacidad para percibir que un ser puro y sensible ha venido hacia mí, a mi encuentro, a mi mundo, sin la pretensión de apropiárselo, sino como un amor irreductible que porta un alma incondicional. Perdóname por no haberme dado cuenta antes. Tenía algo grande ante mi: ese ojo cristalino y brillante, bañado por sales minerales que definen la película de tus sueños; esos sueños que tu contemplas absorta en tu mirada perdida que todo lo encuentra. No necesitas ver, porque sabes lo que en ti ya existe y yo ignoraba. No me permitas irme de ti. Marquemos el horizonte juntos.
viernes, 4 de diciembre de 2015
El Panteón de Agripa.
Sin bien los griegos fueron
capaces de dotar de gracilidad y sutileza a su arquitectura, los romanos, por
su parte, la dotaron de un carácter monumental que estremece los sentidos. Esta arquitectura formada a base de generar vacíos; de
la ausencia de materia como resultado de horadar una masa formada por la trabazón
de ladrillo, mortero y broza, conecta con una parte de la sensibilidad que
reclama la belleza desde la acción de lo simple, de una cierta rudeza que
excita la memoria de lo monumental; impresiona
por su contundencia formal, sobriedad estética y desnudez; desprovista de revestimientos que oculten la
evidencia constructiva, parte constitutiva de su honestidad. En la belleza
de la arquitectura romana lo pretencioso no existe; más allá del pragmatismo de sus construcciones,
- traza coherente con espíritu expansivo imperialista -, su carácter
inspirador procede, en parte, de la sabia identificación arquitectónica entre forma y concepto debido a la utilización de las geometrías puras
que el hombre ha identificado en la naturaleza ya desde los griegos.
La geometría, las formas y sus
significados primigenios:
La esfera es la forma más
perfecta que la naturaleza ha creado, pues es la única que
mantiene sus propiedades a lo lardo de toda su superficie, manteniendo su
continuidad. La belleza de lo simple adquiere
un significado cercano a lo divino; astutamente, los romanos utilizaban las formas puras
como la esfera para crear puente de unión
entre el mundo terrenal de los hombres, y el mundo de los dioses que nos observan
desde los confines de la bóveda celeste. Hermanas pequeñas de la esfera son el
círculo, la circunferencia,. Invariablemente, todas conservan su carácter radial,
lo que significa centralidad en términos arquitectónicos.
El panteón:
Roma, Agosto de 2015. Visité Roma cuando aún no era universitario, ahora, siendo arquitecto, volvía a la ciudad eterna. De todos los monumentos y edificios de Roma, sólo una construcción ha llamado mi a atención sin reducir su poder de evocación y emotividad a lo largo de mi vida; desde la primera vez que lo vi, in situ, siendo un adolescente, pasando por su estudio en la universidad y el asentamiento espiritual que otorga la madurez. Mi idealización sobre esta construcción se ha mantenido intacta.
Roma, Agosto de 2015. Visité Roma cuando aún no era universitario, ahora, siendo arquitecto, volvía a la ciudad eterna. De todos los monumentos y edificios de Roma, sólo una construcción ha llamado mi a atención sin reducir su poder de evocación y emotividad a lo largo de mi vida; desde la primera vez que lo vi, in situ, siendo un adolescente, pasando por su estudio en la universidad y el asentamiento espiritual que otorga la madurez. Mi idealización sobre esta construcción se ha mantenido intacta.
Cuatro de Agosto. Un calor
sofocante me obligó a consumir varios litros de agua, deambulaba por el coliseo
y el foro; después de una hora
caminando , desemboqué en Piazza Navona. Sabía que me hallaba cerca del
Panteón. Después de tantos años de espera, sentía temor por la posibilidad de
un súbito desencanto; quizás, todos aquello años de espera se podrían ver
dilapidados por una visión decepcionante; que no sintiera nada especial
en mi interior al contemplarlo según penetrase dentro de su enorme cúpula.
Paré a comer en una estrecha callecita flanqueada por fachadas de alto
porte, por la que circulaban hordas de turistas; malos presagios. Aquellas
multitudes contaminaban el ambiente necesario para visitar mi querido Panteón,
que a buen seguro estaría infestado por estos pobladores estacionales; epidérmicos paseantes que transitan por lugares sin intención de percibir el
Genius loci, más bien, inmersos en una especie de consumo compulsivo de
imágenes, cuyo leitmotiv se basa en la renovación, en la saciedad de la novedad
estética, sin más, como la carne roja puesta sobre un plato, dispuesta para ser devorada.
Para el viajante
solitario, la observación de las masas de turistas suscita una doble sensación.
Por un lado, apena observar la devaluación espiritual que ha sufrido la actividad
turística, la banalización sistemática de todo aquello que es susceptible de ser
contemplado por nuestra vista. Sin embargo, aparejado a este sentimiento penoso
y triste, casi de rechazo al mundo contemporáneo, surge un regocijo contrapuesto basado en el placer de sentirse absolutamente
aislado de toda una multitud que te rodea, sabedor de que esa agresión estética
que uno recibe le hace más fuerte, reafirmándolo en el privilegio de sentir que
la percepción espiritual, desde la humildad, de todo aquello que nos ha precedido y nos
trasciende por cuanto somos herederos, te hace valorar mucho más tu propia
singularidad.
Lo que yo no podía imaginar, después de tanto temor a no afrontar el monumento con el ambiente circundante y mood adecuados, es que sería precisamente el escándalo y el gentío lo que me brindara una de las imágenes más conmovedoras que he sentido, por inesperada, cual epifanía. Ni siquiera esa jornada en la que sabía terminaría en el Panteón, me parecía que fuera un día en el que estuviera especialmente sensible o gustoso por ese tipo de belleza monumental y rotunda. Sthendal, en sus paseos por roma, ya comentaba lo importante que era, visitando Roma, tras levantarse por la mañana, y tras un tranquilo desayuno; sentir el tipo de belleza al que uno está susceptible en esa jornada. Ciudades como Roma brindan la posibilidad de abandonarse a naufragar por sus calles, con el único itinerario que sugiera el propio instinto; el estado en el que uno se encuentre, y la sorpresa de lo inesperado que se presente en su paseo irán trazando un placentero viaje , una tournée fresca y deliciosa, fuera del hastío que genera lo programado.
Después de comer, reinicié mi andadura por las estrechas calles que circundan la zona del Panteón, me imaginaba que terminaría desembocando en la plaza donde se encuentra, pero no conocía el itinerario bien. Tras deambular, un poco observando el ambiente y lo las fachadas de los edificios, finalmente aparecí en la plaza. Por fin vi el Panteón. Fue gratificante comprobar que siempre te sorprende su gran escala, un imponente cilindro de masa mural, rematado con un casquete como cubierta. La plaza esta infestada de turistas, incluso con los 35 grados y un sol de justicia que todo lo bañaba.
Mi miedo a la decepción se acrecentó al comprobar , una vez me acerque al atrio de entrada, que había filas de a cuatro tanto para penetrar en el templo como para abandonarlo. Literalmente había dos ríos ,dos mareas humanas paralelas que se movían en sentidos opuestos; era casi en un acto de violación del templo. No podría haber previsto esta exageración jamás. No tenía otro remedio que entrar, ya que estaba ahí, debía penetrar y aunque fuera en esas condiciones tan lamentables para la observación sensible, trataría de sugestionarme de alguna manera. Pues bien; me interné dentro de la marea humana sin ser dueño ya de mi destino,- no había vuelta atrás-, aquella marea avanzaba lenta pero sin pausa. Seguía avanzando ya debajo de la cubierta del atrio, y estaba a escasos 3 metros de entrar en el gran cilindro; pero no tenía tiempo para prepararme, la marea me llevaba en volandas, y mi única tarea era la de tratar de no ser empujado más de la cuenta, rodeado de gentes con ropas de deporte, uniforme del buen turista compulsivo y consumista. Atareado en estas labores tan mundanas, no fui consciente de que ya me estaba internando en el gran cilindro: de repente, como azar intuitivo, mi vista se fue hacia la cúpula, y cual epifanía se me apareció la maravillosa estampa del ojo - tragaluz del Panteón sin previo aviso. Tuve un vuelco en el corazón por la belleza de la imagen que me sobrevino de manera tan inesperada y en contraste total con la tarea banal de sobrevivir entre los turistas que me arrastraban.
Eran las 16:00 de la tarde; en este día soleado de agosto la luz penetraba por el gran tragaluz ovalado. Era la divinidad de los dioses la que se internaba desde lo alto del cielo y bañaba con sus perfectos haces paralelos las paredes internas del templo, haces de luz que doblaban su presencia visual debido a la incipiente polución del aire que poblaba la zona, de manera que la gran presencia de los rayos era realmente estremecedora; me encogió el corazón. No quise penetrar más. Me quedé estacionado y mirando hacia el gran ojo durante varios minutos pudiendo captar la magnificencia del simbolismo de la arquitectura romana. Un ejemplo maestro, tan puro y sencillo; conectar la las tumbas de los grandes emperadores romanos con los Dioses mediante la penetración de la luz desde el cenit, aplicando la geometría radial para su planta.Una verdadera obra maestra de gran sencillez conceptual y potencia sin parangón.
Dentro de la gran planta circular cabían cientos de personas. Observé la geometría interior del casquete esférico de la cúpula. Pude notar que, así como los griegos variaban sutílmente la inclinación de las columnas del Partenón para corregir la distorsión de la perspectiva, los romanos también utilizaban esta técnica, variando el tamaño de los casetones que conforman la piel interior de le casquete, de manera que las leyes de la perspectiva eran manipuladas y el tamaño del casetonado sufría una distorsión que impedía al observador captar la verdadera escala monumental del volumen interior. Esta manipulación de la sensación de la escala en el interior del templo puede obeceder, según mi opinión, a dos motivaciones:
Si bien los Romanos tenían muy presente la escala humana en el diseño de sus espacios vivideros con el objetivo de crear una armonía que generase la sensación de comodidad al vivir el espacio, creo que en esta ocasión, dado el carácter divino de la construcción, debemos plantearnos la posibilidad de que el objetivo es casi contrapuesto. Quizás buscaba el desconcierto, porque de facto, eso es lo que uno siente cuando contempla la cúpula y trata de buscar referencias de escala para situarse dentro del espacio y valorarlo. Dado el monumental tamaño real de la cúpula , la manipulación gradual de la escala de los casetones, según avanza la cúpula radialmente hacia su cenit, genera una turbación, una incapacidad para valorar el volumen real de aire que uno tiene encima de su cabeza, este efecto turbador abunda en la simbología de lo supraterrenal, configurado un espacio de geometría pura y conexión con el otro mundo. Los dioses penetran a través del gran ojo, transportados por la luz , hasta proyectarse contra los muros internos del templo.
Después de comer, reinicié mi andadura por las estrechas calles que circundan la zona del Panteón, me imaginaba que terminaría desembocando en la plaza donde se encuentra, pero no conocía el itinerario bien. Tras deambular, un poco observando el ambiente y lo las fachadas de los edificios, finalmente aparecí en la plaza. Por fin vi el Panteón. Fue gratificante comprobar que siempre te sorprende su gran escala, un imponente cilindro de masa mural, rematado con un casquete como cubierta. La plaza esta infestada de turistas, incluso con los 35 grados y un sol de justicia que todo lo bañaba.
Mi miedo a la decepción se acrecentó al comprobar , una vez me acerque al atrio de entrada, que había filas de a cuatro tanto para penetrar en el templo como para abandonarlo. Literalmente había dos ríos ,dos mareas humanas paralelas que se movían en sentidos opuestos; era casi en un acto de violación del templo. No podría haber previsto esta exageración jamás. No tenía otro remedio que entrar, ya que estaba ahí, debía penetrar y aunque fuera en esas condiciones tan lamentables para la observación sensible, trataría de sugestionarme de alguna manera. Pues bien; me interné dentro de la marea humana sin ser dueño ya de mi destino,- no había vuelta atrás-, aquella marea avanzaba lenta pero sin pausa. Seguía avanzando ya debajo de la cubierta del atrio, y estaba a escasos 3 metros de entrar en el gran cilindro; pero no tenía tiempo para prepararme, la marea me llevaba en volandas, y mi única tarea era la de tratar de no ser empujado más de la cuenta, rodeado de gentes con ropas de deporte, uniforme del buen turista compulsivo y consumista. Atareado en estas labores tan mundanas, no fui consciente de que ya me estaba internando en el gran cilindro: de repente, como azar intuitivo, mi vista se fue hacia la cúpula, y cual epifanía se me apareció la maravillosa estampa del ojo - tragaluz del Panteón sin previo aviso. Tuve un vuelco en el corazón por la belleza de la imagen que me sobrevino de manera tan inesperada y en contraste total con la tarea banal de sobrevivir entre los turistas que me arrastraban.
Eran las 16:00 de la tarde; en este día soleado de agosto la luz penetraba por el gran tragaluz ovalado. Era la divinidad de los dioses la que se internaba desde lo alto del cielo y bañaba con sus perfectos haces paralelos las paredes internas del templo, haces de luz que doblaban su presencia visual debido a la incipiente polución del aire que poblaba la zona, de manera que la gran presencia de los rayos era realmente estremecedora; me encogió el corazón. No quise penetrar más. Me quedé estacionado y mirando hacia el gran ojo durante varios minutos pudiendo captar la magnificencia del simbolismo de la arquitectura romana. Un ejemplo maestro, tan puro y sencillo; conectar la las tumbas de los grandes emperadores romanos con los Dioses mediante la penetración de la luz desde el cenit, aplicando la geometría radial para su planta.Una verdadera obra maestra de gran sencillez conceptual y potencia sin parangón.
Dentro de la gran planta circular cabían cientos de personas. Observé la geometría interior del casquete esférico de la cúpula. Pude notar que, así como los griegos variaban sutílmente la inclinación de las columnas del Partenón para corregir la distorsión de la perspectiva, los romanos también utilizaban esta técnica, variando el tamaño de los casetones que conforman la piel interior de le casquete, de manera que las leyes de la perspectiva eran manipuladas y el tamaño del casetonado sufría una distorsión que impedía al observador captar la verdadera escala monumental del volumen interior. Esta manipulación de la sensación de la escala en el interior del templo puede obeceder, según mi opinión, a dos motivaciones:
Si bien los Romanos tenían muy presente la escala humana en el diseño de sus espacios vivideros con el objetivo de crear una armonía que generase la sensación de comodidad al vivir el espacio, creo que en esta ocasión, dado el carácter divino de la construcción, debemos plantearnos la posibilidad de que el objetivo es casi contrapuesto. Quizás buscaba el desconcierto, porque de facto, eso es lo que uno siente cuando contempla la cúpula y trata de buscar referencias de escala para situarse dentro del espacio y valorarlo. Dado el monumental tamaño real de la cúpula , la manipulación gradual de la escala de los casetones, según avanza la cúpula radialmente hacia su cenit, genera una turbación, una incapacidad para valorar el volumen real de aire que uno tiene encima de su cabeza, este efecto turbador abunda en la simbología de lo supraterrenal, configurado un espacio de geometría pura y conexión con el otro mundo. Los dioses penetran a través del gran ojo, transportados por la luz , hasta proyectarse contra los muros internos del templo.
De la mano.
Apenas un par de semanas antes de conocerla, me estuve fijando en varias parejas que iban de la mano. Las miraba y me quedaba pensando en lo difícil que me parecía que esa situación la viviera yo. Además, podía sentir que varias de esas parejas que iban de la mano, contenían una actitud de protocolo, no había comunión entre ellas, era sólo una convención que arruina la magia del gesto. Otras, aunque pocas, sí emanaban naturalidad.
Me decía a mí mismo lo lejos que estaba de vivir una situación en la que yo tuviera pareja y fuera cogido de la mano con ella de forma natural y espontánea. Pues han pasado sólo tres semanas después de este pequeño pensamiento, y esta situación se ha instalado en el dúo que formamos los dos, recién conocidos, recién estrenados en el cultivo de nuestra pasión. A menudo, cuando paseamos, reflexiono sobre la pasmosa naturalidad con que le cojo la mano, le rodeo la cintura con mi brazo, o sitúo suavemente mi antebrazo sobre su hombro. Siento desconcierto, porque esa situación tan lejana para mi hace unos días, ahora ha venido para instalarse súbitamente, sin avisar; de manera que los hechos van desfasados con respecto a mi conciencia, que anda unos pasos por detrás de nosotros, mientras caminamos de la mano.
viernes, 20 de noviembre de 2015
El amor moderno.
El amor nos hace vulnerables. Si el amor es verdadero, debe existir la entrega hacia el otro. La entrega implica ceder una parte de ti para ofrecerla al otro. El amor así entendido poco éxito puede tener en nuestros días. Las sociedades tecnificadas tienden, por su imparable desarrollo tecnológico, a generar innumerables parcelas de seguridad; estas parcelas redundan en disfrutar de una vida que logra vencer en gran medida la contingencia que dicta nuestras vidas. Sentirnos seguros nos da estabilidad, nos tranquiliza. Buscamos la estabilidad; cada vez más, a través de la comodidad que nos confiere el tenerlo todo controlado, y además del control, hay que añadir la circunstancia de que ese control sobre nuestras vidas cada vez es más sencillo ejercerlo en base a las facilidades de la tecnología nos ofrece. Estamos educados en esta búsqueda de la simplificación, aunque por otro lado, esta simplificación del control de nuestro entorno nos da la posibilidad de estar atento a un mayor número de cosas al mismo tiempo, por lo que finalmente, la inducción al estrés es inevitable. La mente trabaja con muchas variables diariamente, las controla de forma sencilla y eficaz, pero el aumento cuantitativo de las mismas , provoca estrés, y lo que es más grave aún: impide a la mente reflexionar.
Mantenemos el tiempo ocupado en muchas actividades simultáneamente; la facilidad para llevarlas a cabo no requiere de la implicación total del individuo para acometerlas por las facilidades de la tecnología. Todo este proceso induce a la simultaneidad de tareas simplificadas, por lo que hablando claro: hacemos muchas cosas, pero no profundizamos en ninguna. No hay implicación del individuo en las tareas que acomete. El devenir diario nos dirige hacia basar nuestras experiencias en la rapidez en que la experimentamos, y la rapidez con que se renueva, es decir, la renovación constante de las acciones como base de la propia experiencia.
Así las cosas, el mundo de las relaciones personales, y más concretamente el de las parejas, se está viendo afectado por una asimilación de la vida en común a otro compartimento más de nuestras actividades tecnológicas. Un factor definitorio de todo este mar de rápidas acciones simultáneas diarias es su esencia transitoria; todo es susceptible de cambiar rápidamente si encontramos otra cosa que nos atraiga y que tengamos acceso rápido a ella. Esta dinámica de comportamiento diario la hemos trasladado a las personas. Las relaciones se ven afectadas por la falta de compromiso.
Nadie quiere implicarse con otra persona porque anhela poder cambiar de elección constantemente; asimila la inacabable oferta diaria de items para pasar el tiempo a sus relaciones de pareja: " hoy estoy bien con esta persona peros pero mañana puede que se me presente otra que me gusta más", o peor aún, otra que me permita cambiar. He ahí - en el poder cambiar- el meollo del asunto, porque se hace la asimilación del fulgurante e incesante cambio que rige nuestras vidas en lo material, a la parcela de lo personal. La esencia es poder cambiar constantemente, "el cambio" , rige nuestras vidas , que se convierte en un cúmulo de pequeñas experiencias cortas y epidérmicas.
Todos estos comportamientos son la antítesis del caldo de cultivo para el desarrollo del amor. La sociedad actual sigue añorando el amor verdadero, lo busca, pero se da de frente una y otra vez con la transitoriedad, con el permanente disfrute superficial, con la necesidad de saciar el instinto más terrenal a nivel cognitivo. ¿Dónde está la vulnerabilidad en este tipo de modus vivendi?; simplemente no tiene cabida. La vulnerabilidad requiere de un proceso de apertura, de una decisión por desprotegerse y ser consentir que el otro penetre en ti. Todo ello requiere de tiempo, de reflexión, de tomar la decisión, de una cierta espiritualidad que no existe en nuestra estructura diaria construida sobre unas bases tan efímeras. Así pues, ¿cómo va a encontrar el amor verdadero el hombre moderno?. La tentación de llegar a amores de intercambio,- que no de entrega-, donde cada uno de los dos amplía su seguridad en su vida diaria a la parcela de su relación; su zona de confort la traslada al ámbito de las relaciones íntimas; difícilmente , en un ambiente de amenazante transitoriedad de un estado amoroso se puede cultivar la entrega, ¿cómo me voy a entregar al otro si estoy con otro el rabillo del ojo contemplando la posibilidad del cambio?. Malos tiempos para el amor verdadero.
miércoles, 18 de noviembre de 2015
El Don, por mandato natural
Contabilizaba este amigo mío 4 citas con aquella muchacha morena con grandes ojos de tonos avellanados, -decía el - , mientras un dulce gesto de admiración poblaba su faz.
Incrédulo de sí mismo, narraba los cuatro
encuentros que hasta el momento había tenido con la gratificante sensación de que le parecía
haberla conocido desde siempre, pues sólo ya con los paseos que ambos realizaban
notaba como si hubiera caminado junto a ella desde pequeños, y quizás, para siempre ya. Me emocionaba
la ilusión con que mi amigo
relataba las diferentes situaciones que había vivido con esta mujer, con la que
sin duda parecía haber tenido un flechazo; son ese tipo de situaciones que
desembocan en un reconocimiento mutuo de abrumadora intensidad, hasta tal punto
que ya nada hace falta añadir para reafirmar la gran unión que se ha producido
entre dos almas. Simplemente ha pasado, y ambos lo saben perfectamente.
Después de unos minutos escuchando sus relatos de apasionada vehemencia, logró sugestionarme, suscitando en mí un pequeño pensamiento. Le interrumpí ; le
dije, ¿te das cuenta de cómo estás hablando?. Querido
amigo, un don te ha sido ofrecido por la naturaleza, su capricho ha decidido que te enamores
apasionadamente, y que sientas en tu interior amor intenso, un amor irracional hacia tu esbelta mujer de ojos grandes y tonos avellanados. ¿Qué has sacrificado para que este momento de unión amorosa entre almas haya
tenido lugar?.
Cuan diferente resulta el amor irracional respecto a todos los demás órdenes
de nuestras vidas; todo cuanto conseguimos
o ambicionamos está sujeto, en la mayoría de ocasiones, a un gran esfuerzo
personal, a la disciplina y a la perseverancia, ni si quiera así nos es garantizado
el éxito. La consecución del objetivo o metas vitales que uno se va trazando
con el objeto de dibujar su propia vida en muchos casos es un reguero de esfuerzo personal.
El amor irracional es así, no pertenece a la esfera del la vida real, es, por contraste, -sin duda-, el mayor don o riqueza que le puede a uno ser dado, y te es dado por nada, simplemente porque el amor así lo ha querido. Tanto por tan poco.
El amor irracional es así, no pertenece a la esfera del la vida real, es, por contraste, -sin duda-, el mayor don o riqueza que le puede a uno ser dado, y te es dado por nada, simplemente porque el amor así lo ha querido. Tanto por tan poco.
Recibir algo tan grande como un flechazo amoroso
sin haber sacrificado nada para ello, fue
resultado de un caprichoso don
inconsciente para la ubicuidad, que le llevo a encontrarse con ella, -en
realidad por absoluto azar-, al salir de
visitar un edificio de viviendas donde estaba valorando vivir en alquiler; ella
pensaba que era el cliente con el que había quedado para visitar el edificio,
pues se dedicaba a ser comercial en una empresa inmobiliaria.
Ella lo abordó. Mi amigo le dijo que no era Jorge, pero
sí, casualmente acababa de ver
una vivienda en el edificio para alquilar.
martes, 17 de noviembre de 2015
La invasión silenciosa.
El terrorismo, aunque muy cruel, sólo es un fenómeno colateral de la invasión silenciosa,
no puede tener recorrido a largo plazo. La desgracia de los
atentados, sin ser lo sustantivo del fenómeno de invasión, es lo único
que puede hacer reaccionar a la anestesiada Europa, que no es consciente
del fenómeno de colonización musulmana, - en varias etapas -
, que lleva ya tiempo en proceso.
La invasión silenciosa es un
fenómeno que sigue su imparable curso independientemente de que haya
terrorismo o no. Esta invasión se apoya en al menos dos factores
fundamentales para hacerla posible: la tolerancia no selectiva de la cultura europea hacia
otras culturas; occidente no es capaz de distinguir qué culturas son
compatibles con la suya propia. El segundo es la falta de natalidad;
hueco que el Islam va a rellenar con súbditos bajo la imagen de
inmigración trabajadora; después, cuando sean crecientes en número, impondrán su
religión sobre nuestra cultura. Aclaro que no sugiero que los musulmanes
que vengan a trabajar aquí estén pensando en colonizarnos como parte de
un plan: no. El asunto no funciona así, ellos vienen a trabajar y
disfrutar de la libertad de europa, pero siguiendo férreamente los
dictados del islam, sin integrarse en la cultura y valores occidentales,
utilizándolos únicamente en su beneficio: ejercer su libertad de culto y
modo de vida dentro de nuestro territorio, al margen de Europa, pero en Europa.
Occidente debería ser consciente de que su hegemonia
económica induce el soterramiento de la fuerza colonizadora del islam.
Pero ese fuerza colonizadora está latente. El islam es una religión
pacífica mientras no vea la posibilidad de expandirse. Occidente piensa
que las - por ahora - minorías musulmanas que conviven entre nosotros
son pacíficos, que aceptan nuestra cultura y nos respetan. Esta
percepción es virtual; las minorías musulmanas saben que la única
manera de disfrutar, por ahora, de Europa, es aceptar nuestra forma
de vivir. El día en que, como ya han baticinado muchos lideres
musulmanes instalados en Reino Unido la población musulmana empiece a
ser mayoría, se acabo el pastel, se acabo la tolerancia, se acabo la
libertad.
Será imposible que Europa acabe con este peligro
utilizando el buenismo del que hace gala, sencillamente porque en un
conflicto de intereses que llegan a ser contrapuestos : islam-cultura
occidental, o se juega con las mismas reglas o el que hace de bueno
termina masacrado por el otro; debilidad que ellos conoce y piensan
aprovechar. La única forma de acabar con este proceso será tomando
decisiones drásticas que se considerarán injustas e intolerantes por
parte de sectores amplios de la opinión pública, o más exactamente, de
la opinión dirigida por los medios de comunicación masivos, que son los
que controlan en pulso de lo políiticamente correcto, y que los
dirigentes europeos siguen como niños obedientes, sabedores de que no
obedecer significa perder la popularidad entre los medios, y como
consecuencia, perder las elecciones.
Muy diferentes son los
discursos de los líderes de la Europa de Este. El
control que hace Putin sobre los medios de comunicación , le permite
hablar de las cuestiones de calado internacional sin tapujos, yendo al
meollo de los asuntos sin complejos, sin el temor de ser aniquilado
políticamente por los medios de comunicación. El primer ministro
Húngaro, por su parte, -sociedades carentes de este buenismo ignorante -, y
sin una intromisión tan brutal de los medios masivos de comunicación en
dictar pautas estrictas acerca del estado de opinión, afirma con contundencia que la calidad democrática de Europa está en entredicho, pero no se le ha preguntado a la población que es lo que desea hacer con todos estos problemas, desmarcándose del buenismo de los líderes de la Europa del Oeste.
Camino a casa.
Por fin nos despedimos de unos
desconocidos para mí, tan sol conocidos por ella. Avanzamos unos metros por la
acera y ya me sentí libre para rodear su cintura, mientras caminábamos hacia el coche. Un buen
rato de contención en público me hizo poder saborear con mayor regocijo el disfrute mutuo. Por fin
volvíamos a la agradable rutina de acariciarnos constantemente, mirarnos con
complicidad cada pocos pasos, y besarnos sin límite en cada espera para cruzar
cualquier calle. Serían alrededor de las
4 de la madrugada. Poco quedaba ya por hacer, salvo llevarla a casa de sus
padres y disfrutar por el camino de
nuestra intimidad lejos de la distancia que nos dictaba el estar en público.
Caminábamos por una de las aceras
de la embajada de EEUU, la acera estaba poblada por las hojas de los plátanos
que son símbolo arbóreo de las calles de Madrid. Sus tonos amarillos, a veces
muy luminosos, comparte el suelo en armonía cromática con el suave color
grisáceo de las aceras. A un lado nos flanqueaban los troncos de los árboles,
al otro un imponente muro de la valla de la embajada.
La temperatura era fresca, pero
en ningún modo incómoda. Los dos sentíamos una pequeña euforia en la conversación por ser dueños de nuestra intimidad en el
solitario Madrid de las madrugadas de otoño.
No quería que aquel feliz trance
en forma de paseo terminara. Me sentía feliz
por advertir que aquellos momentos tan sencillos me eran tan gratos, y tener la sensación de que no necesitaba nada
más que a ella arropada por mi brazo en su cintura, nuestro alegre paseo y el relajante paisaje
urbano nocturno de Madrid.
Ella aminoró, soltándose suavemente de mi cintura. Se detuvo e inclinó su cuerpo graciosamente para apoyarse
en el muro; ya es la segunda vez que interrumpe un paseo para apoyar su esbelta
figura, su espigado cuerpo curvilíneo sobre un muro callejero que limitaba con
la embajada. “He parado para mirarte” – me susurraba dulcemente mientras me miraba con
una amplia sonrisa - . He descubierto lo agradable que me resulta poder mirarla
de cerca, cuanto más cerca estoy de su rostro, más te cautiva la acción
conjunta de sus expresivos y dulces ojos, más una media sonrisa entre bondadosa y
complacida. Ya el tiempo no cuenta.
Empezamos a contemplarnos, a
recrear nuestras miradas el uno en el otro, apoyamos nuestros antebrazos en los
hombros del otro, nos abrazamos, nos cogemos de la cintura alternadamente. Ya el
tiempo no cuenta.
Mientras, hablamos de cualquier tontería,
cualquier carantoña es válida para tocarnos, para conocernos a través del tacto
de nuestros cuerpos en conjunción; nuestras miradas constantemente cómplices y
juguetonas, sabedores de que este juego es tan intenso y gratificante como
verdadero y trascendente. Quizás sea esta mezcla entre juego y proyecto común
el que hace que estos momentos se proyecten en el tiempo, y una breve parada de
una pareja sobre un muro se convierta en 40 minutos de un sencillo y auténtico momento que permanecerá en mi memoria.
jueves, 29 de octubre de 2015
Grandes amores.
Sucede que no recuerdas su rostro. Intentas rememorar su voz, sus gestos, sus facciones en movimiento. Nada puedes evocar. Cada encuentro se convierte en un evento anhelado y renovado; mantengo la ilusión de saciar mis sentidos en cada cita a sabiendas de que en la siguiente, su cara y sus gestos vendrán a mí como algo nuevo por descubrir, pues ella y su expresión, su gestualidad y coqueta dulzura, agotan mi percepción en cada cita provocando el colapso de mis sentidos, que nada pueden recordar expuestos a una tormenta de sofisticada belleza natural.
viernes, 23 de octubre de 2015
Cris bcn
Pensaba en cómo debía estar sentado a su llegada; sentía la impaciencia nerviosa que te hace variar la postura buscando una comodidad ficticia.
Mi tensión iba en aumento hasta que decidí relajarme; de nada servía desear contemplar su llegada, pues era previsible que se bajara del taxi a mi espalda, sorprendiéndome en cualquier momento con una mano posada sobre mi hombro, o algo así de inesperado. Sospechaba que mi acostumbrado deleite por observar los breves instantes en que una mujer se acerca hacía uno sonriente, no tenía visos de cumplirse. A menudo, los últimos metros hacia el saludo mientras una mujer te mira a los ojos, -si tiene suave descaro para ello-, pueden definir, en parte, el cariz de un encuentro.
Mi tensión iba en aumento hasta que decidí relajarme; de nada servía desear contemplar su llegada, pues era previsible que se bajara del taxi a mi espalda, sorprendiéndome en cualquier momento con una mano posada sobre mi hombro, o algo así de inesperado. Sospechaba que mi acostumbrado deleite por observar los breves instantes en que una mujer se acerca hacía uno sonriente, no tenía visos de cumplirse. A menudo, los últimos metros hacia el saludo mientras una mujer te mira a los ojos, -si tiene suave descaro para ello-, pueden definir, en parte, el cariz de un encuentro.
Ver una mujer de un plumazo mientras se acerca caminando es cuestión de tres o cuatro segundos, no más; pero en ese lapso te asalta una sensación visual de conjunto que te deja el buen sabor de boca, o una incómoda insatisfacción; me recuerda a la sensación definitiva que uno tiene al degustar la primera copa de ron con coca-cola tras un par de semanas sin probarlo; sabes que el primer sorbo vas a saborearlo intensamente como un manjar nuevo, pero si el ron no esta bueno, te amarga el inicio y buena parte de la noche.
Ella no terminaba de aparecer ni por detrás, ni por ninguno de los laterales de la acera. Unos minutos después, dirigí la mirada hacia un lateral de la acera, encontrando una sinuosa silueta de mujer que desapareció fugazmente, pues el tronco de un árbol cercano me impidió identificarla. Me inquieté; traté de asomarme a un lado o a otro del árbol; conseguí finalmente que apareciera ella ante mi vista como una imagen clara y nítida. Caminaba erguida, con cierta parsimonia y distinción mientras dirigía su mirada hacia el interior del bar, en mi busca. Aunque su cabeza estaba girada, su cuerpo aún conservaba la posición que su caminar por la acera le era natural.
Nos saludamos, seguramente me levanté, creo que sí lo hice, aunque en esos momentos estoy más pendiente de qué me transmite su presencia, más que del rutinario saludo. Ya estábamos sentados y dispuestos a comer. Ella tiene una capacidad especial cuando te habla y está de frente mirándote: "llena tu espacio visual".
Si estuviera escribiendo un guión de cine, ahora tocaría hacer una elipsis, pues dentro de unos minutos, mientras escribo estas líneas, ella cumplirá 26 años, -unos días después de este encuentro que retengo en mi memoria, y me es grato relatar -. Finalmente se sentó y pude empezar a disfrutar de su estampa. Me generan un deleite inusitado las mujeres con espaldas bien formadas y hombros bonitos, altos, bien situados a la altura de las clavículas, de manera que le otorga un porte distinguido y femenino. Así es ella , la línea que discurre desde uno de sus hombros hasta llegar al gemelo, es recta, y por ende, forman un ángulo recto con el cuello. Nada más atractivo que una mujer con hombros bien formados y anchos - sin llegar a ser masculinos- , les son especialmente agradecidos todos los vestidos que los dejan al descubierto, como los palabras de honor, o vestidos que rodean el cuello, dejando ambos hombros y los brazos al descubierto. Es muy difícil encontrar una fémina de espalda generosa, recta, de hombros rotundos en su redondez, y que esa misma forma curva tenga la suficiente contención para no llegara a ser vulgar, Cris bcn no se conforma con sus hombros, sus brazos continúan coherentes con esta filosofía de la curva en el límite entre lo voluptuoso y lo elegante, siempre ahí, jugando a esas dos bazas simultáneamente.
Se pueden imaginar después de esta descripción, que mi ensimismamiento durante nuestra conversación me impedía prestarle la atención requerida a sus palabras y explicaciones, pues yo me entretenía entre sus hombros y sus brazos, con aquella postura recta de perfecta geometría ortogonal y de dama bien educada en la mesa. Al poco de empezar con el primer plato, se tomó interés en explicarme cierta cuestión, y fuesen ese instante, cuando al empezar la argumentación hizo un gesto de reafirmación, - de autoridad para acompañar su discurso, como para imprimirle más persuasión - ; se agarró la enorme melena natural de cabello castaño, que hasta el momento tenía reservada como estoque final detrás de su espalda, y finalmente la descubrió a mi vista mientras la acariciaba con ambas manos en un elegante movimiento de gran sensualidad. Posó su larga melena ondulada, de insultante vitalidad sobre uno de sus hombros, retorciéndola con suavidad, formando un precioso helicoide con sus hebras, quedando así como si luciera una coleta que adornaba su hombro, - pero más sensual- puesto que aquel equilibrio tendía a romperse en favor de la expansión de su fuerte y saludable pelo, que tendía a desparramarse en mechones de gran placer visual sobre su hombro izquierdo.
Por muchas se cuentan las ocasiones en que ella, ignorante de mi intenso placer visual, de mi aventura vital sigilosa, me replica con cierto retintín sobre mi falta de memoria cuando me recuerda eventos y pensamientos que me ha contado en otras ocasiones. Es normal, y yo la comprendo, pero,
¿qué tanto responsable o culpable soy, si veo la vida en imágenes, y siento el placer de la pasión de un gesto como si fueran lapsos de tiempo que intensifican mi vida hasta casi hacer parar el tiempo?.
Ella no terminaba de aparecer ni por detrás, ni por ninguno de los laterales de la acera. Unos minutos después, dirigí la mirada hacia un lateral de la acera, encontrando una sinuosa silueta de mujer que desapareció fugazmente, pues el tronco de un árbol cercano me impidió identificarla. Me inquieté; traté de asomarme a un lado o a otro del árbol; conseguí finalmente que apareciera ella ante mi vista como una imagen clara y nítida. Caminaba erguida, con cierta parsimonia y distinción mientras dirigía su mirada hacia el interior del bar, en mi busca. Aunque su cabeza estaba girada, su cuerpo aún conservaba la posición que su caminar por la acera le era natural.
Nos saludamos, seguramente me levanté, creo que sí lo hice, aunque en esos momentos estoy más pendiente de qué me transmite su presencia, más que del rutinario saludo. Ya estábamos sentados y dispuestos a comer. Ella tiene una capacidad especial cuando te habla y está de frente mirándote: "llena tu espacio visual".
Si estuviera escribiendo un guión de cine, ahora tocaría hacer una elipsis, pues dentro de unos minutos, mientras escribo estas líneas, ella cumplirá 26 años, -unos días después de este encuentro que retengo en mi memoria, y me es grato relatar -. Finalmente se sentó y pude empezar a disfrutar de su estampa. Me generan un deleite inusitado las mujeres con espaldas bien formadas y hombros bonitos, altos, bien situados a la altura de las clavículas, de manera que le otorga un porte distinguido y femenino. Así es ella , la línea que discurre desde uno de sus hombros hasta llegar al gemelo, es recta, y por ende, forman un ángulo recto con el cuello. Nada más atractivo que una mujer con hombros bien formados y anchos - sin llegar a ser masculinos- , les son especialmente agradecidos todos los vestidos que los dejan al descubierto, como los palabras de honor, o vestidos que rodean el cuello, dejando ambos hombros y los brazos al descubierto. Es muy difícil encontrar una fémina de espalda generosa, recta, de hombros rotundos en su redondez, y que esa misma forma curva tenga la suficiente contención para no llegara a ser vulgar, Cris bcn no se conforma con sus hombros, sus brazos continúan coherentes con esta filosofía de la curva en el límite entre lo voluptuoso y lo elegante, siempre ahí, jugando a esas dos bazas simultáneamente.
Se pueden imaginar después de esta descripción, que mi ensimismamiento durante nuestra conversación me impedía prestarle la atención requerida a sus palabras y explicaciones, pues yo me entretenía entre sus hombros y sus brazos, con aquella postura recta de perfecta geometría ortogonal y de dama bien educada en la mesa. Al poco de empezar con el primer plato, se tomó interés en explicarme cierta cuestión, y fuesen ese instante, cuando al empezar la argumentación hizo un gesto de reafirmación, - de autoridad para acompañar su discurso, como para imprimirle más persuasión - ; se agarró la enorme melena natural de cabello castaño, que hasta el momento tenía reservada como estoque final detrás de su espalda, y finalmente la descubrió a mi vista mientras la acariciaba con ambas manos en un elegante movimiento de gran sensualidad. Posó su larga melena ondulada, de insultante vitalidad sobre uno de sus hombros, retorciéndola con suavidad, formando un precioso helicoide con sus hebras, quedando así como si luciera una coleta que adornaba su hombro, - pero más sensual- puesto que aquel equilibrio tendía a romperse en favor de la expansión de su fuerte y saludable pelo, que tendía a desparramarse en mechones de gran placer visual sobre su hombro izquierdo.
Por muchas se cuentan las ocasiones en que ella, ignorante de mi intenso placer visual, de mi aventura vital sigilosa, me replica con cierto retintín sobre mi falta de memoria cuando me recuerda eventos y pensamientos que me ha contado en otras ocasiones. Es normal, y yo la comprendo, pero,
¿qué tanto responsable o culpable soy, si veo la vida en imágenes, y siento el placer de la pasión de un gesto como si fueran lapsos de tiempo que intensifican mi vida hasta casi hacer parar el tiempo?.
jueves, 8 de octubre de 2015
martes, 29 de septiembre de 2015
La luna y el cielo.
La Luna.
Es Septiembre, aún puedo disfrutar de una temperatura
agradable en mi terraza. A la 01:30, la
noche es cerrada ya. Salí del interior de mi piso con el ánimo de aprovechar las vistas
nocturnas. Aunque había sido una jornada algo calurosa, por la noche, de
madrugada, la temperatura desciende lo suficiente para sentir el frescor de la
brisa. Me interné en la terraza hasta alcanzar la barandilla. La cuidad estaba
silenciosa. Me apoyé en los barrotes y giré la cabeza mirando hacia el Oeste en
busca de la profundidad del paisaje urbano. Inesperadamente, ¡la luna estaba
ahí!, pero no en lo alto, sino sensiblemente elevada sobre
la línea del horizonte. Últimamente miro la luna a menudo, y la veo con otros
ojos. Siento su peso; una colosal esfera
flotando, - aunque pequeña a mi vista -, se
sitúa levitando en la atmósfera, como si perteneciera a la tierra. Sé que está lejos, muy distante,
pero la siento como una pesada bola que nos acompaña, como un cuerpo
armonioso y amigo, perfectamente
esférico.
La Luna puede verse como un
elemento pintoresco parecido a una
composición sencilla de Kandinsky o Miró, con pocos elementos geométricos formando un
equilibrio que se hace presente a través del reflejo de la luz del Sol sobre su superficie. Nuestra incapacidad para
decidir sobre la pertinencia acerca de la presencia de la luna en cada momento, le otorga un carácter trascendente, impositivo , preexistente,
y al mismo tiempo, -debido a su simplicidad conceptual en términos geométricos-,
me suscita cierta ironía, pues, ¿cómo es
posible un elemento importante en el orden del sistema solar se presente ante nuestra
vista bajo una forma extremadamente simple?; como si fuera un elemento decorativo, un
elemento aparentemente intrascendente que nos acompaña siempre, pero no se expresa nunca, ni ejerce ninguna acción
que nos sobresalte. Es incluso, en ocasiones, un testigo impertinente de cualquier situación
desagradable que vivamos, omnipresente aunque no esté iluminada por el
sol y no la veamos, se hará presente por su acción gravitatoria, aunque no la
percibamos conscientemente.
La luna es siempre lo que
nosotros queramos que sea, precisamente
por su estabilidad, su eternidad se nos manifiesta como ese referente que,
según nuestra sensibilidad de cada día, la vemos con unos ojos u otros. Por
ello, la luna nos sirve de espejo
donde vernos reflejados en términos
sensibles. Quizás, ese día que te fijaste en la luna, no estaba tan bella como
pensabas, más bien tú estabas sensible a verla, hallaste su belleza, te encontraste a ti mismo
a través de su imagen en alguna posición en su constante recorrido por nuestra
bóveda celeste.
Yace quieta, impertérrita,
pero siempre cambiante. Su movimiento es imperceptible a nuestra mirada, por eso
es quietud, un estatismo que sólo el
tiempo, con sus avance irreversible, nos lo hace evidente a través de los rayos del Sol, todo un gran engranaje de piezas geométricas simples y movimientos armoniosos. Su dinamismo lumínico nos viene dado por el efecto
variable del Sol en lo que es para la mayoría de nosotros un recorrido incierto.
Aquella noche, la esfera se
encontraba iluminada en su mitad inferior, pero el plano que marcaba la
separación entre la negritud que la esconde y el dulce ambar suavemente reflejado que la muestra formaba un ángulo
de unos 45 grados con el suelo que pisamos. Desde el ecuador hacia abajo su geografía
accidentada era claramente visible. Parecía como si estuviera siendo iluminada
por la acción del hombre con rayos de luz desde la tierra que proyectan una luz tenue distribuidas sobre medio casquete lunar. A menudo cuando miramos
la luna, la vemos como una fuente de luz autónoma, cuando en realidad, la luna
nos es visible sólo por la acción de los rayos reflejados que emite el sol; desde
este prisma, resulta bonito investigar cuál es la dirección en la que se ha de encontrar el sol en función de qué zona de la luna esté
iluminada, sin perder de vista el conjunto de la esfera, aunque no esté
iluminada y por tanto, no la veamos.
El cielo.
Todos estos pequeños pensamientos
en un ambiente tan silencioso y
nocturno, me llevaron a aprovechar aquel instante, -ese ratín-, después miré al resto del cielo, la bóveda
celeste estaba limpia. Durante la noche, cuando el cielo está parcialmente
nuboso, la luz se refleja y ello creo un ambiente de contaminación lumínica,
impidiendo la contemplación de las estrellas en los claros que quedan en los
espacios restantes. Pero esta noche, no hay ni una sola nube, sólo la luna
situada cerca del horizonte como único elemento singular. Inspeccioné el cielo
y quedé impactado por la cantidad de estrellas que eran visibles. Creo que
estar al lado del parque del retiro favorece claramente la ausencia de luz en
esta parte de la ciudad. Han pasado unos minutos ya desde que salí a la
terraza; la fresca brisa está empezando
a hacer efecto, convirtiéndose en un frío que pide arropo pero no desagrada. Cogí
una manta de cachemir que me regaló mi
novia francesa, es un recuerdo que guardo de ella. Me tumbé en el sofá de la
terraza boca arriba y desplegué la manta sobre mí; me
arropé con cuidado de no dejar ninguna parte de mi cuerpo a la intemperie; la delgada capa de cachemir, propiciaba que
pudiera adaptarla a todas mis firmas
corporales, a modo de suave funda. Sentí el calor casi instantáneamente; qué
agradable era percibir el frescor de la noche en mi rostro en contraste con la
calidez en que permanecía el resto de mi cuerpo. Empecé a identificar estrellas
en el firmamento a la vez que me daba cuenta de que estaba viviendo unos
instantes muy intensos, contemplando la belleza que tenemos encima de nosotros
a diario, y que no podemos comprender. Estamos aquí en la tierra, pasan los
días y seguimos viviendo, absolutamente ignorantes del sentido de toda esta
gigantesca composición planetaria y cósmica en la que simplemente ” estamos”; me pregunto por qué algo que nos trasciende sobremanera e nos presenta al
mismo tiempo estéticamente de forma tan sencilla, planetas esféricos en
perfecto equilibrio, ese telón de fondo
perfectamente negro durante las noches, y de ricos tonos azules durante el día.
Al final, lo importante es poder
tener estos momentos de intensidad que nos recuerde lo agradable que puede ser
un pequeño rato de vida si nos implicamos honestamente en esa necesaria consciencia superior al mirar a
nuestro alrededor y pensar en todas estas cosas tan maravillosas que hacen
nuestra vida diaria, que nos gobiernan sin preguntarnos antes, un sometimiento
al fin y al cabo, pero muy bello. Esta dualidad entre lo bello y lo terrible que supone la
vida y la naturaleza en general es lo que le confiere tanta fuerza, y de ahí
provienen nuestros sentimientos profundos de la consciencia sobre
nuestra existencia, al advertir esta dualidad entre belleza y muerte, advertir
un final dentro de un cosmos de una belleza que parece inacabable, eterna en
comparación con nuestra breve vida.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Estreché su mano.
El otro día visité por la tarde a
mis padres. Subí a su habitación y estaba
mi madre echándose la siesta. Me senté en un sofá que está al lado de la cama. Conversamos unos
minutos; quizás por comodidad, me acerqué a ella y me tumbé a su lado, los dos
seguíamos hablando de varios temas intrascendentes y algo divertidos. En un
momento dado la contemplé mientras hablábamos, noté la complicidad que estábamos disfrutando; casi sin darme cuenta, fui más allá en mi pensamiento;
me fijé en cómo movía su mano derecha, la cual estaba a mi alcance; súbitamente,
me percaté de que hacía mucho tiempo que no le cogía su mano, -al menos no en un
contexto nada usual como ese-, al pensar en ello, me dio algo de pudor, pero
debía hacerlo; lo hice. Abracé su mano con mi mano, y sentí el placer de la
confidencia, de la unión madre e hijo; un respeto inducido por la mano que me
ha visto nacer, me ha criado y me ha educado. Fue un acto de comunión íntimo y que viví con gran
intensidad, como si el tiempo se dilatara. Después, tras salir de su casa, reflexioné
sobre este momento, y me alegré de haber arriesgado mi mano en busca de la
suya. A menudo, entre padres e hijos no hay
señales de cariño, en otros casos, estos son constantes y rutinarios. Aunque yo soy de naturaleza cariñosa, quizás sería bonita la dosificación de los gestos
de cariño entre padres e hijos; Tal como
plantea el gran Robert Bresson en sus films, en los que la aparente sobriedad comunicante
de cada escena encierra un silencioso pero constante caudal acumulativo emocional.
El sentido del film contiene un recorrido hacia el final, toda la
energía emotiva de los personajes se libera a modo de clímax en la última
escena, y por fin entiendes la dimensión
espiritual del film, lo sientes dentro
de ti; pues así fue, cómo si todo el
tiempo que pasó hasta que abracé la mano
de mi madre con la mía representase el cenit de un proceso de pequeñas confidencias
y complicidades acumulados desde hace tiempo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)