le feu follet

le feu follet
"Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento
de la existencia parece inmensamente aumentado".


Charles Baudelaire.

martes, 15 de marzo de 2016

Cierra los ojos.








Dale al Play en el  vídeo. Deja tu habitación a oscuras e imagínate que con los acordes de esta canción estás en el asiento de copiloto en un coche; el conductor se acerca, se desliza hacia ti lentamente con la cabeza apoyada aún sobre el respaldo, tú a su vez, te acercas silente, también con tu cabeza recostada. Ambos rostros están muy cerca y se miran, mientras, sienten cómo la música de esta íntima canción se mezcla entre sus miradas. Es de noche,  y la oscuridad les aísla a ambos de la actividad de la cuidad. Poco a poco, al tiempo en que ya suenan los acordes de los coros armoniosos de esta maravillosa canción, ambos se acercan más;  sus cabezas han ido ondulando suavemente en movimientos armoniosos sintiendo cómo la música les envuelve inundando toda la superficie de su pequeño habitáculo; mientras,  se siguen contemplando, -no se ríen-, se dedican a admirarse en la intimidad de su  cálido recinto aparcado en una calle anónima de Madrid.
Después de dos minutos, ya imbuidos de esta clima de confianza y armonía, los labios de ambos se tocan, sus pliegues quedan solapados y ya no se separaran más en los minutos restantes en que esta canción viva; los movimientos de sus bocas serán suaves como los acordes de los coros,  y tan íntimos como la voz de su cantante. Todo resultará tan natural que ambos percibirán que de repente han traspasado la barrera de las distancias entre los individuos y se sentirán unidos el uno al otro a través del interior, pudiendo mirarse ambos desde ese punto de inflexión en adelante como si ya sumaran un nuevo yo entre los dos. 
Para cada uno de ellos, el otro le hará ser feliz en su presencia,  de forma que ambos , en conjunción, muestren la mejor versión de sí mismos,  unidos y formando un equipo que se proyecta siempre hacia el futuro con alegría"



Dedicado a Emily.


Divagaciones de Samaniego: Leox Caras y Holy-Motors.




 " La belleza del gesto"

                         


[ ... el amor como compromiso esencial y supremo y la posibilidad de la más alta realización de la libertad, en la medida , precisamente, en que nos compromete con otro ser.



Alberto Ruiz de Samaniego, sobre el cine de Leox Carax en Holy - Motors.




domingo, 21 de febrero de 2016

Apoyada sobre el muro.





Por fin nos despedimos de unos desconocidos para mí,  conocidos por ella. Avanzamos unos metros por la acera y ya me sentí libre para rodear su cintura,  mientras caminábamos hacia el coche. Un buen rato de contención en público me hizo poder saborear  con mayor regocijo el disfrute mutuo. Por fin volvíamos a la agradable rutina de acariciarnos constantemente, mirarnos con complicidad cada pocos pasos, y besarnos sin límite en cada espera para cruzar cualquier calle.  Serían alrededor de las 4 de la madrugada. Poco quedaba ya por hacer, salvo llevarla a casa de sus padres y disfrutar por el camino  de nuestra intimidad lejos de la distancia que nos dictaba el estar en público.

Caminábamos por una de las aceras de la embajada de EEUU, la acera estaba poblada por las hojas de los plátanos que son símbolo arbóreo de las calles de Madrid. Sus tonos amarillos, a veces muy luminosos, comparte el suelo en armonía cromática con el suave color grisáceo de las aceras. A un lado nos flanqueaban los troncos de los árboles, al otro un imponente muro de la valla de la embajada.
La temperatura era fresca, pero en ningún modo incómoda. Los dos sentíamos una  pequeña  euforia en la conversación  por ser dueños de nuestra intimidad en el solitario Madrid de las madrugadas de otoño.
No quería que aquel feliz trance en forma de  paseo terminara. Me sentía feliz por advertir que aquellos momentos tan sencillos me eran tan gratos, y  tener la sensación de que no necesitaba nada más que a ella arropada por mi brazo en su cintura,  nuestro alegre paseo y el relajante paisaje urbano nocturno de Madrid.

Ella aminoró,  soltándose suavemente  de mi cintura.  Se detuvo  e  inclinó su cuerpo graciosamente para apoyarse en el muro; ya es la segunda vez que interrumpe un paseo para apoyar su esbelta figura, su espigado cuerpo curvilíneo sobre un muro callejero que limitaba con la embajada.  “He parado para mirarte” –  me susurraba dulcemente mientras me miraba con una amplia sonrisa - . He descubierto lo agradable que me resulta poder mirarla de cerca, cuanto más cerca estoy de su rostro, más te cautiva la acción conjunta de sus expresivos y dulces ojos,  más una media sonrisa entre bondadosa y complacida. Ya el tiempo no cuenta.

Empezamos a contemplarnos, a recrear nuestras miradas el uno en el otro, apoyamos nuestros antebrazos en los hombros del otro, nos abrazamos, nos cogemos de la cintura alternadamente. Ya el tiempo no cuenta.


Mientras, hablamos de cualquier tontería, cualquier carantoña es válida para tocarnos, para conocernos a través del tacto de nuestros cuerpos en conjunción;  nuestras miradas constantemente cómplices y juguetonas, sabedores de que este juego es tan intenso y gratificante como verdadero y trascendente. Quizás sea esta mezcla entre juego y proyecto común el que hace que estos momentos se proyecten en el tiempo, y una breve parada de una pareja sobre un muro se convierta en 40 minutos.





miércoles, 17 de febrero de 2016

Nuestro portal.




Noche tras noche,  situados en el límite de la puerta de acceso a tu portal, nos besamos apasionadamente. Después de nueve horas ininterrumpidas de besos,  caricias, miradas cómplices y conversaciones de todo tipo, - nueve horas que iban ser un café de una hora; lo nuestro es inevitable,  imparable- ;   llega la hora de que MP entre por su portal camino a su apartamento. La excitación amorosa es tal, nos rodea, colma nuestros sentidos de tal manera, que el hecho  de romper la impetuosa continuidad de nuestros besos y carantoñas parece un objetivo difícil, casi imposible de cumplir. Salimos del coche y te rodeo con mis brazos por detrás, apoyando mi cabeza sobre tu rotundo y recto hombro de mujer esbelta; vas girando tu cuello esperando que yo te bese la mejilla, sonríes;  caminamos juntos unos metros y te ríes abiertamente, mientras, aprieto con fuerza mis brazos para sentir tu vientre de mujer.

Llegamos al quicio de la puerta del portal, la entrada tiene un escalón de granito. Siempre nos situamos elevados en ese límite, jugando a alternar nuestras posiciones en él,  unas veces tú, otras veces yo. Tú,  casi siempre te sitúas apoyada en la puerta,  esperando a que yo te asalte apasionadamente unas veces, con ternura en otras. Te vuelvo a rodear con mis brazos, -esta vez enfrentado a ti- ; no puedo evitar acercarme con decisión y sentir nuestros cuerpos más entrelazados al apoyarte sobre la puerta. Nos besamos repetidamente con besos largos y otros pequeños que saben a gloria. Después,  paro un poco,  y cogiendo tus dos manos me separo un poco para poder contemplarnos mutuamente, con ternura y conscientes de nuestra pasión. Me dices que te has de marchar, -son las dos de la madrugada-, pero ambos sabemos que es imposible;  las ganas de estar fundidos, de que nuestros cuerpos estén en permanente contacto son tan grandes que llevamos ya 10 minutos de amor sobre ese escalón de granito y la portezuela de madera ocrre como testigo. Es navidad, y a través del cristalito translúcido de la puerta sentimos los destellos de luz parpadeante que perfilan  tu silueta con sus brillos;  es el arbolito que tú colocaste en la entrada.

Retomamos nuestros abrazos;  los  besos se tornan más compulsivos porque sabemos que el final se ha de producir. Durante  algunos instantes, mientras tú te sonríes con esa mirada tan cálida que te caracteriza,  tengo pensamientos que me hacen reflexionar sobre la intensidad de lo que estamos viviendo; oigo un ruido al otro lado de la calle, y dirijo mi mirada a algún lugar del edificio de en frente; me pregunto si alguien está siendo testigo de esta escena de amor ilusionante que los dos vivimos cada noche en este mismo rinconcito;  imagino que habrá de haber alguien que sea testigo de nuestro amor, debería haberlo. Es tan bonito,  tan limpio,  puro,  inocente y sincera nuestra atracción,  que me asalta de repente el pensamiento de que esto podría acabar;  ¿y si esto no durara para siempre?;  es tan bonito que me da miedo que termine, como el niño de Proust cuando espera el beso de su madre y lo anhela tanto que casi prefiere no recibirlo,  por el temor al sentimiento de pérdida posterior.

Me gustas. Abres la puerta apoyando tu espalda sobre la hoja mientras fijas tu mirada en el infinito como ensimismada , - realmente sólo la entornas-, y te yergues estática mientras yo te asalto otra vez.

 – No te vayas, espera.

El óvalo entero te vuelve a sonreír con una expresión de felicidad que se puede advertir en cada pequeña detalle de tu expresión facial.

Entramos en un bucle de pequeñas despedidas que en realidad se diluyen en una voluntad quebradiza debido a la fuerza de la pasión; sabemos que no es posible aún despedirnos. Abres la puerta totalmente y parece que vas a darme la espalda definitivamente. Sólo es un amago.  Te das la vuelta y con la perspectiva que me confiere estar ya en la acera,   puedo contemplar tu esbelta figura de mujer,  tan estilizada y jovial.   Sólo una personalidad como la tuya puede mover ese maravilloso cuerpo con tal gracia y sutileza elegante, con un estilo tan personal que te hace única. Qué placer visual.

No pienso dejarte marchar así;  corro hacia ti y te dejas alcanzar dejando tu cuerpo entregado sobre mis brazos mientras vuelves a reír con dulzura.

- Hay que marcharse, tu madre no va a poder entender cómo una despedida dura tanto.

- Sí, he de irme, ¡mañana nos veremos otra vez!


Empiezas a girar tu espalda,  finalmente das  un par de pasos,  y, súbitamente,- consciente de que sigo ahí admirándote y pidiendo un último beso Proustiano-, te das la vuelta con energía, te abalanzas enérgicamente  sobre mí y me das un solo beso;  ese beso que resume toda una maravillosa jornada de 9 horas. Estoy extenuado; felizmente vaciado de amor.

La puerta esta cerrada; me quedo mirando hacia la acera confuso, como un animalillo que acaba de despertar de un sueño extraño, confundido;  ahora estoy en la calle y finalmente, antes de partir, dirijo la mirada hacia ese lugar en el edificio de la acera de enfrente donde debe estar ese testigo anónimo; ahí debes estar, tras el reflejo de alguna ventana.












martes, 16 de febrero de 2016

El temor al deseo.




Proust, en un pasaje del volumen uno de “El tiempo perdido”,  describe tiernamente  el curioso sentimiento de un niño en relación al temor de que un placer le sobrevenga, -sólo por el hecho de que,  tal disfrute le brinda -, que la tristeza del pensamiento de que ese placer habrá de finalizar, casi le hace desear que ni se produzca.

En el pasaje, el niño,  cada noche,  acostado en su cama, espera ansioso el sonido de las maderas de la escalera, signo inequívoco de que su madre se dirige a darle el ansiado beso diario de buenas noches; pero ese signo, al mismo tiempo,  le genera un sentimiento de miedo: el sentimiento de inevitable pérdida que anuncia ese placer es igual, o más intenso,  que el ansia de que el placer le sobrevenga.






Pequeños hallazgos.



Algunas veces me pregunto cuál será el motivo de que tenga tanto interés en leer a los grandes autores. Hay una razón,  que a parte de otras menos conscientes, me resulta muy fácil de identificar. Los grandes escritores de la historia han tenido la capacidad de describir con maestría los profundos sentimientos humanos, los miedos, las angustias, los placeres. El viaje a través de las líneas de un texto probablemente escrito hace cientos de años, termina por fundir en conexión al vivo y al muerto;  un muerto que se torna vivo a través del vivo;  aquel, con su inteligencia, intelecto cultivado y  dote artística, es capaz de condensar en pensamiento escrito una serie de breves renglones con alguna idea o concepto de manera prodigiosa, con una lucidez al  tiempo sencilla y erudita.

El milagro está en la elección de  las palabras adecuadas,  que en una determinada conjunción, hacen aflorar de forma natural, -de forma tan bella-,  una verdad humana. Estos momentos de hallazgo, en los que el lector encuentra una verdad de la vida resumida tan brillantemente en un corto espacio de letras o frases, son parte del encanto de la experiencia lectora; una experiencia inolvidable por cuento son esos momento de hallazgo vital los que le hacen a uno sentir que ahonda en los pequeños secretos de la vida.

Y quizás, el placer de descubrir tales secretos en tan bellos párrafos, provenga de mi obstinada  voluntad por encontrar, - desde muy jovencito -,  las palabras adecuadas que pudieran hacer expresable un sentimiento que yo musitara. La imposibilidad de transmitir  un sentimiento o pensamiento siempre me ha parecido una fatalidad, una desgracia que me generaba frustración, porque yo deseaba comunicar.

Una frase, una idea o sentimiento condensado, puede ofrecerme un placer de gran intensidad, por eso, y como prueba de este gozo que siento por el encuentro de estos párrafos escondidos entre páginas, quiero traer como ejemplo una frase,- ni siquiera llega a párrafo, de ahí mayor su magia- , que Giacomo Leopardi escribió hacia 1.820 a su querido y respetado amigo Carlo; cuando las amistades podían ser tan respetuosas como intensas, y en las que la palabra amor era pronunciada en las relaciones epistolares de la época como muestra de estima en la amistad para con el otro.





"Tú,tu amor, el pensamiento de ti, sois como la columna y el ancla de mi vida”

Giacomo Leopardi. Carta a su amigo Carlo.







lunes, 15 de febrero de 2016

El vaso.




Esto que llamamos la vida,  - vivir -,  es como si tuvieras un vaso que vas llenando de agua con el transcurrir del tiempo. Al principio,  crees que vas aprendiendo cosas; crees que te queda poco para colmar el vaso;  piensas que a mayor nivel de agua,  mayor nivel de certeza,  y,  según van pasando los años,  terminas dándote cuenta de que cuanto más lleno está el vaso mayores son las dudas, y que las certezas, más bien,  quedan reducidas al pequeño espacio del vaso que aún permanece sin colmar.




domingo, 14 de febrero de 2016

Al lado del Perro y la Galleta.




Disfruto a cada paso que doy contigo. Los dos caminamos con el mismo paso calmado y al tiempo grácil; tu compañía me es tan agradable. Cada momento del paseo me nutre de sensaciones placenteras, suavemente,  como el constante placer que emana del aroma de un buen perfume sobre el cuello de una dama de gusto exquisito;  estoy gozoso, orgulloso de tenerte a mi lado. Cada pocas zancadas nos miramos y tú me brindas sonrisas de cómplice. Te iluminas; tus ojos y tu amplia sonrisa me transmiten satisfacción. En cualquier momento, tras una broma mía, mirarás al cielo clamando paciencia con ese gesto que es tan tuyo y me devolverás una mirada de tierna alegría. Siento que me amas en esos instantes críticos de extasiante felicidad.

Rodear tu mano me resulta tan natural… ;  no me he dado cuenta y ya te he abrazado la cintura. A veces,  pongo mi antebrazo sobre tu hombro; otras,  eres tú la que con espontánea dulzura colocas el antebrazo sobre mi hombro mientras me miras con cariño. Opps, no nos hemos dado cuenta  y hemos llegado a nuestro destino;  ha pasado el tiempo tan rápido… .Me apoyo sobre la valla de esta calle transitada y céntrica de Madrid. Tú, jovial y sonriente,  te aproximas decidida a tomar mi cuerpo mientras mantienes tu  mirada en la mía. Ya me tienes, estamos fijados el uno al otro, fundidos. Me  rodeas con tus estilizados brazos mientras yo utilizo esos instantes para contemplar tus imponentes hombros de extraordinaria feminidad y simetría. Te miro a los ojos otra vez:  sientes un cándido pudor y retiras tu mirada proyectándola hacia algún sitio en ninguna parte del paisaje. Es en ese preciso instante en que tu mirada paraliza la ciudad,  cuando estremeces algo en mi interior, y quedo conquistado.. 



jueves, 11 de febrero de 2016

El cabello de Drieu.




Jeanne está cada vez más seria, me mira con ojos cada vez más profundos. Tal vez sólo porque tenemos este nuevo apartamento, tan exquisito en su modestia. Se siente por fin en su nido. Ella que, como yo, ha rodado tanto tiempo de hotel en pensión. Para una mujer es importante hacer su nido. En cuanto a mí, nada retengo. Jamás he poseído nada. Pierdo los objetos, los amigos me roban los libros. Se cree fijada y cree haberme fijado. Cuenta con mi envejecimiento. La otra noche pasaba sus puntiagudos dedos por mis cabellos. Le dije:

   -  ¿Cuentas mis canas?

   -  Sí,  son mías,  las otras mujeres han tenido tus ridículos cabellos de hombre joven.



Pierre Drieu La Rochelle. Diario de un exquisito.





Un peaje de la memoria: el trauma.



Sin la memoria no podríamos  sobrevivir. Eres  ese  truco que nos proporciona, a través del recuerdo, una identidad que no tenemos. Pero el  recuerdo de los sucesos que nos afectan, nos deja impreso traumas, inseguridades y miedos  que lastran las relaciones entre nosotros, como esos elefantes que salen huyendo al avistar a un humano. Decía Jodorowsky,  que quien sufre un trauma, se queda en la edad del trauma.





Tu presencia.





Gozo de mi alma,  observarte en movimiento. Me reconozco a través de ti, cuando suspiras sin razón alguna. No necesito poseerte con el abrazo de nuestros cuerpos, porque ya en la distancia en que mi mirada te penetra, me siento habitando dentro de ti. Nada hay más intenso, más auténtico y más sencillo que un amor irracional: el del sentido de la no razón. Te siento sólo con avistarte. No necesito apostar por ti, pues tú te me desparramas con un leve giro de tu cabeza, o una mirada al cielo. La espontaneidad de tu risa;  mi paz me das.



martes, 9 de febrero de 2016

En las entrañas de cada mujer.




"El profundo  sentido de símbolo que revela el hecho anatómico de que mientras los órganos sexuales de hombre tienen algo de circunscrito, de separado y casi añadido exteriormente al resto del cuerpo, en la mujer se encuentran en lo más profundo de su carne más íntima

Otto Weininger.



Los genes no entienden de  la firme voluntad de la ideologías igualitarias de género, nos repiten,  nacimiento tras nacimiento las mismas leyes. Jamás un hombre alojará en su interior a una mujer. Sólo la mujer aloja al hombre, acogiéndolo en su interior;  permitiendo que un elemento exterior a ella la penetre y la habite, morando sus carnes más intimas,  como cita Weininger. Incluso, aunque después de este incontrovertible acto anatómico de conquista masculina y acogida de la mujer, si ésta, por decisión propia, decidiera obviar esta evidencia de su mente, nada podrá borrar la indeleble huella que en su subconsciente y en la memoria de su cuerpo dejará dicha invasión.  Esta particularidad anatómica de la mujer, -ser morada-, es trascendente. Siendo hombre, quisiera sentir la decisiva importancia de ser generador de vida, de que mi cuerpo, al ser habitado, tomara el pulso de la importancia de acoger en mi seno a otro ser humano;  por otro lado, siento un respeto, sentiría un miedo por las inevitables consecuencias corporales que en mí dejarían  la elección de tal ser, por lo que, ser hombre resulta más fácil en este sentido, pues nuestra condición natural de permanente elemento ajeno  nos da la posibilidad de la fácil renuncia a la trascendencia del acto.









viernes, 29 de enero de 2016

Contrastes.




A veces, me sorprendo a mí mismo sintiendo cierta sensación de alegría inesperada. Siento desconcierto. ¿Por qué de repente me siento contento?. Transcurrido apenas un minuto,  al volver a mi estado normal de apatía,  ese dolor constante que llevo tan encima y del cual permanezco inconsciente por la continua persistencia que ejerce el peso de su lastre,  queda eclipsado por un pequeño momento de distracción que sólo evidencia cuan hondo recalaba el umbral de mi tristeza.   Cualquier mera distracción me proporciona un alivio;  así es de relativa la percepción de la felicidad. Ya hace algunos años que vengo valorando vivir a diario en un piso muy discreto, y reservar los fines de semana para una serena villa.





jueves, 28 de enero de 2016

Naufragar en su recuerdo.




Voy dando pasos mirando al suelo, me ayuda a pensar,  a abstraerme de lo que me rodea.  Mi ansiedad por observar todo aquello que acontece a mi alrededor mientras camino por una calle se ve mermado en favor de una concentración cuando declino mi mirada hacia el suelo de la capital.  Un hombre que camina solo, al igual que yo, me rebasa,  y unas zancadas más adelante , situado ya a unos 4 metros de mí, ralentiza la marcha y se queda a una distancia constante, igualando mi ritmo.


Voy fijándome en sus pisadas; el ritmo de sus pasos es igual que el mío, aunque él es un poco más bajo.  En ese instante me doy cuenta de que llevo pensando varios minutos en ella, en su recuerdo. Retomo el ánimo y me digo a mi mismo que he de olvidarme de su recuerdo, que en nada me beneficia permanecer en el limbo de lo vivido y ya pasado, y que, imitando el comportamiento de esas personas que todo lo superan, debo, decididamente,  borrar mi pensamiento en ella y buscar el aliento de algo nuevo que me cure, que me sane de este supuesto pensamiento recurrentemente inútil.  Esto me genera un lapso de optimismo, de voluntad renovadora;  sin embargo, unos segundos más tarde me arrepiento. Siento como si me estuviera traicionando a mí mismo. ¿No es acaso mi  naufragar en su recuerdo la única herramienta que me hace sentir la intensidad de la trascendencia vital  de mi amor por ella?. Me niego a olvidar de forma voluntaria, no quiero cosechar un éxito social en base a la deslealtad de uno consigo mismo.  Quiero, muy al contrario, sentir un dolor que es proporcional a la felicidad que he acumulado durante estos meses y que no podía alcanzar a entender el porqué me había sido concedida.  Ahora, desde el apacible desconcierto que ya genera el paso de los días, quiero continuar con mi luto. 






sábado, 26 de diciembre de 2015

Sobre la confianza.





"Toda confianza es peligrosa si no es completa: hay que decirlo todo o callarlo todo"


                                                                                                                          Jean de La Bruyére.

lunes, 7 de diciembre de 2015

La elocuencia de tu silencio.




Desde tu silencio, sé que me amas. Diriges la vista hacia otros lugares;  mientras, yo te observo esperando el encuentro de nuestras miradas.
Ahora ya sé que tú sí que lo sabes; que me has encontrado, lo detecto en tu silencio, que grita cada día con más intensidad. 
Mi desconcierto no era más que el resultado de mi torpeza, mi incapacidad para percibir que un ser puro y sensible  ha venido hacia mí, a mi encuentro, a mi mundo, sin la pretensión de apropiárselo, sino como un amor irreductible que porta un alma incondicional. Perdóname por no haberme dado cuenta antes. Tenía algo grande ante mi:  ese ojo cristalino y brillante,  bañado por sales minerales que definen la película de tus sueños; esos sueños que tu contemplas absorta en tu mirada perdida que todo lo encuentra. No necesitas ver, porque sabes lo que en ti ya existe y yo ignoraba. No me permitas irme de ti. Marquemos el horizonte juntos.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El Panteón de Agripa.



Sin bien los griegos fueron capaces de dotar de gracilidad y sutileza a su arquitectura, los romanos, por su parte, la dotaron de un carácter monumental que estremece los sentidos. Esta arquitectura formada a base de generar vacíos;  de la ausencia de materia como resultado de horadar una masa formada por la trabazón de ladrillo, mortero y broza, conecta con una parte de la sensibilidad que reclama la belleza desde la acción de lo simple, de una cierta rudeza que excita la memoria de lo monumental;   impresiona por su contundencia formal, sobriedad estética y desnudez;   desprovista de revestimientos que oculten la evidencia constructiva, parte constitutiva de su honestidad. En la belleza de la arquitectura romana lo pretencioso no existe;  más allá del pragmatismo de sus construcciones, - traza coherente con espíritu expansivo imperialista -, su carácter inspirador procede, en parte,  de la sabia identificación arquitectónica entre forma y concepto debido a la utilización  de las geometrías puras que el hombre ha identificado en la naturaleza ya desde los griegos.

La geometría, las formas y sus significados primigenios:  

La esfera es la forma más perfecta  que  la naturaleza ha creado, pues es la única que mantiene sus propiedades a lo lardo de toda su superficie, manteniendo su continuidad. La  belleza de lo simple adquiere un significado cercano a lo divino;  astutamente,  los romanos utilizaban las formas puras como la esfera  para crear puente de unión entre el mundo terrenal de los hombres, y el mundo de los dioses que nos observan desde los confines de la bóveda celeste. Hermanas pequeñas de la esfera son el círculo,  la circunferencia,. Invariablemente, todas conservan su carácter radial, lo que significa centralidad en términos arquitectónicos.



El panteón:

Roma, Agosto de 2015. Visité Roma cuando aún no era universitario, ahora, siendo arquitecto, volvía a la ciudad eterna. De todos los monumentos y edificios de Roma, sólo una construcción ha llamado mi a atención sin reducir su poder de evocación y emotividad a lo largo de mi vida; desde la primera vez que lo vi, in situ,  siendo un adolescente, pasando por su estudio en la universidad y el asentamiento espiritual que otorga la madurez. Mi idealización sobre esta construcción se ha mantenido intacta.


Cuatro de Agosto. Un calor sofocante me obligó a consumir varios litros de agua, deambulaba por el coliseo y el  foro;  después de una hora caminando , desemboqué en Piazza Navona. Sabía que me hallaba cerca del Panteón. Después de tantos años de espera, sentía temor por la posibilidad de un súbito desencanto; quizás, todos aquello años de espera se podrían ver dilapidados por una visión decepcionante;  que no sintiera nada especial en mi interior al contemplarlo según penetrase dentro de su enorme cúpula.  Paré a comer en una estrecha callecita flanqueada por fachadas de alto porte, por la que circulaban hordas de turistas; malos presagios. Aquellas multitudes contaminaban el ambiente necesario para visitar mi querido Panteón, que a buen seguro estaría infestado por estos pobladores estacionales; epidérmicos paseantes que transitan por lugares sin intención de percibir el Genius loci, más bien, inmersos en una especie de consumo compulsivo de imágenes, cuyo leitmotiv se basa en la renovación, en la saciedad de la novedad estética, sin más, como la carne roja puesta sobre un plato, dispuesta para ser devorada. 

Para el viajante solitario, la observación de las masas de turistas suscita una doble sensación. Por un lado, apena observar la devaluación espiritual que ha sufrido la actividad turística, la banalización sistemática de todo aquello que es susceptible de ser contemplado por nuestra vista. Sin embargo, aparejado a este sentimiento penoso y triste, casi de rechazo al mundo contemporáneo, surge un regocijo contrapuesto  basado en el placer de sentirse absolutamente aislado de toda una multitud que te rodea, sabedor de que esa agresión estética que uno recibe le hace más fuerte,  reafirmándolo en el privilegio de sentir que la percepción espiritual, desde la humildad,  de todo aquello que nos ha precedido y nos trasciende por cuanto somos herederos, te hace valorar mucho más tu propia singularidad.


Lo que yo no podía imaginar, después de tanto temor a no afrontar el monumento con el ambiente circundante y mood  adecuados, es que sería precisamente el escándalo y el gentío lo que me brindara una de las imágenes más conmovedoras que he sentido, por inesperada, cual epifanía. Ni siquiera esa jornada en la que sabía terminaría en el Panteón, me parecía que fuera un día en el que estuviera especialmente sensible o gustoso por ese tipo de belleza monumental y rotunda. Sthendal, en sus paseos por roma, ya comentaba lo importante que era,  visitando Roma, tras  levantarse por la mañana, y tras un tranquilo desayuno; sentir el tipo de belleza al que uno está susceptible en esa jornada. Ciudades como Roma  brindan la posibilidad de abandonarse a naufragar por sus calles, con el único itinerario que  sugiera el propio instinto; el estado en el que uno se encuentre,  y la sorpresa de lo inesperado que se presente en su paseo irán trazando un placentero viaje , una tournée fresca  y deliciosa, fuera del hastío que genera lo programado.


Después de comer, reinicié mi andadura por las estrechas calles que circundan la zona del Panteón, me imaginaba que terminaría desembocando en la plaza donde se encuentra, pero no conocía el itinerario bien. Tras deambular,  un poco observando el ambiente y lo las fachadas de los edificios, finalmente aparecí en la plaza. Por fin vi el Panteón. Fue gratificante comprobar que siempre te sorprende su gran escala, un imponente cilindro de masa mural, rematado con un casquete como cubierta. La plaza esta infestada de turistas, incluso con los 35 grados y un sol de justicia que todo lo bañaba.

Mi miedo a la decepción se acrecentó al comprobar , una vez me acerque al atrio de entrada, que había filas de a cuatro tanto para penetrar en el templo como para abandonarlo. Literalmente había dos ríos ,dos mareas humanas paralelas que se movían en sentidos opuestos;  era casi en un acto de violación del templo. No podría haber previsto esta exageración jamás. No tenía otro remedio que entrar, ya que estaba ahí, debía penetrar y aunque fuera en esas condiciones tan lamentables para la observación sensible, trataría de sugestionarme de alguna manera. Pues bien; me interné dentro de la marea humana sin ser dueño ya de mi destino,- no había vuelta atrás-, aquella marea avanzaba lenta pero sin pausa. Seguía avanzando ya debajo de la cubierta del atrio, y estaba a escasos 3 metros de entrar en el gran cilindro; pero no tenía tiempo para prepararme, la marea me llevaba en volandas, y mi única tarea era la de tratar de no ser empujado más de la cuenta, rodeado de gentes con ropas de deporte, uniforme del buen turista compulsivo y consumista. Atareado en estas labores tan mundanas, no fui consciente de que ya me estaba internando en el gran cilindro:  de repente, como azar intuitivo, mi vista se fue hacia la cúpula, y cual epifanía se me apareció la maravillosa estampa del ojo - tragaluz del Panteón  sin previo aviso. Tuve un vuelco en el corazón por la belleza de la imagen que me sobrevino de manera tan inesperada y en contraste total con la tarea banal de sobrevivir entre los turistas que me arrastraban.

Eran las 16:00 de la tarde;  en este día soleado de agosto la luz penetraba por el gran tragaluz ovalado. Era la divinidad de los dioses la que se internaba desde lo alto del cielo y bañaba con sus perfectos haces paralelos las paredes internas del templo, haces de luz que doblaban su presencia visual debido a la incipiente polución del aire que poblaba la zona, de manera que la gran presencia de los rayos era realmente estremecedora; me encogió el corazón. No quise penetrar más. Me quedé estacionado y mirando hacia el gran ojo durante varios minutos pudiendo captar  la magnificencia del simbolismo de la arquitectura romana. Un ejemplo maestro,  tan puro y sencillo;   conectar la las tumbas de los grandes emperadores romanos con los Dioses mediante la penetración de la luz desde el cenit, aplicando la geometría radial para su planta.Una verdadera obra maestra de gran sencillez conceptual y potencia sin parangón.


Dentro de la gran planta circular cabían cientos de personas. Observé la geometría interior del casquete esférico de la cúpula. Pude notar que,  así como los griegos variaban sutílmente la inclinación de las columnas del Partenón para corregir la distorsión de la perspectiva, los romanos también utilizaban esta técnica, variando el tamaño de los casetones que conforman la piel interior de le casquete, de manera que las leyes de la perspectiva eran manipuladas y el tamaño del casetonado sufría una distorsión que impedía al observador captar la verdadera escala monumental del volumen interior.  Esta manipulación de la sensación de la escala en el interior del templo puede obeceder,  según mi opinión, a dos motivaciones: 

Si bien los Romanos  tenían muy presente la escala humana en el diseño de sus espacios vivideros con el objetivo de crear una armonía que generase la sensación de comodidad al vivir el espacio, creo que en esta ocasión, dado el carácter divino de la construcción, debemos plantearnos la posibilidad de que el objetivo es casi contrapuesto. Quizás buscaba el desconcierto, porque de facto, eso es lo que uno siente cuando contempla la cúpula y trata de buscar referencias de escala para situarse dentro del espacio y valorarlo. Dado el monumental tamaño real de la cúpula , la manipulación gradual de la escala de los casetones,  según avanza la cúpula radialmente hacia su cenit, genera una turbación, una incapacidad para valorar el volumen real de aire que uno tiene encima de su cabeza, este efecto turbador abunda en la simbología de lo supraterrenal, configurado un espacio de geometría pura y conexión con el otro mundo. Los dioses penetran a través del gran ojo, transportados por la luz , hasta proyectarse contra los muros internos del templo. 




























De la mano.



Apenas un par de semanas antes de conocerla, me estuve fijando en varias parejas que iban de la mano. Las miraba y me quedaba pensando en lo difícil que me parecía que esa situación la viviera yo. Además, podía sentir que varias de esas parejas que iban de la mano, contenían una actitud de protocolo, no había comunión entre ellas, era sólo una convención que arruina la magia del gesto. Otras, aunque pocas, sí  emanaban naturalidad. 
Me decía a mí mismo lo lejos que estaba de vivir una situación en la que yo tuviera pareja y fuera cogido de la mano con ella de forma natural y espontánea. Pues han pasado sólo tres semanas después de este pequeño pensamiento,  y esta situación se ha instalado en el dúo que formamos los dos,  recién conocidos,  recién estrenados en el cultivo de nuestra pasión. A menudo,  cuando paseamos,  reflexiono sobre la pasmosa naturalidad con que le cojo la  mano, le rodeo la cintura con mi brazo, o sitúo suavemente mi antebrazo sobre su hombro. Siento desconcierto,  porque esa situación tan lejana para mi hace unos días, ahora ha venido para instalarse súbitamente, sin avisar;  de manera que los hechos van desfasados con respecto a mi conciencia, que anda unos pasos por detrás de nosotros, mientras caminamos de la mano.








viernes, 20 de noviembre de 2015

El amor moderno.



El amor nos hace vulnerables. Si el amor es verdadero, debe existir la entrega hacia el otro. La entrega implica ceder una parte de ti para ofrecerla al otro. El amor así entendido poco éxito puede tener en nuestros días. Las sociedades tecnificadas tienden, por su imparable desarrollo tecnológico,  a generar innumerables parcelas de seguridad; estas parcelas redundan en disfrutar de una vida que logra vencer en gran medida la contingencia que dicta nuestras vidas. Sentirnos seguros nos da estabilidad, nos tranquiliza. Buscamos la estabilidad;  cada vez más,  a través de la comodidad que nos confiere el tenerlo todo controlado, y además del control, hay que añadir la circunstancia de que ese control sobre nuestras vidas cada vez es más sencillo ejercerlo en base a las facilidades de la tecnología nos ofrece. Estamos educados en esta búsqueda de la simplificación, aunque por otro lado, esta simplificación del control de nuestro entorno nos da la posibilidad de estar atento a un mayor número de cosas al mismo tiempo, por lo que finalmente, la inducción al estrés es inevitable. La mente trabaja con muchas variables diariamente, las controla de forma sencilla y eficaz, pero el aumento cuantitativo de las mismas , provoca estrés, y lo que es más grave aún: impide a la mente reflexionar. 

Mantenemos el tiempo ocupado en muchas actividades simultáneamente; la facilidad para llevarlas a cabo no requiere de la implicación total del individuo para acometerlas por las facilidades de la tecnología. Todo este proceso induce a la simultaneidad de tareas simplificadas, por lo que hablando  claro:  hacemos muchas cosas, pero no profundizamos en ninguna. No hay implicación del individuo en las tareas que acomete. El devenir diario nos dirige hacia basar nuestras experiencias en la rapidez en que la experimentamos, y la rapidez con que se renueva, es decir, la renovación constante de las acciones como base de la propia experiencia. 

Así las cosas, el mundo de las relaciones personales, y más concretamente el de las parejas, se está viendo afectado por una asimilación de la vida en común a otro compartimento más de nuestras actividades tecnológicas. Un factor definitorio de todo este mar de rápidas acciones simultáneas diarias  es su esencia transitoria; todo es susceptible de cambiar rápidamente si encontramos otra cosa que nos atraiga y que tengamos acceso rápido a ella. Esta dinámica de comportamiento diario la hemos trasladado a las personas. Las relaciones se ven afectadas por la falta de compromiso. 

Nadie quiere implicarse con otra persona porque anhela poder cambiar de elección constantemente;  asimila la inacabable oferta diaria de items para pasar el tiempo a sus relaciones de pareja: " hoy estoy bien con esta persona peros pero mañana puede que se me presente otra que me gusta más", o peor aún, otra que me permita cambiar. He ahí - en el poder cambiar- el meollo del asunto, porque se hace la asimilación del fulgurante e incesante cambio que rige nuestras vidas en lo material, a la parcela de lo personal.  La esencia es poder cambiar constantemente,  "el cambio" , rige nuestras vidas , que se convierte en un cúmulo de pequeñas experiencias cortas y epidérmicas. 

Todos estos comportamientos son la antítesis del caldo de cultivo para el desarrollo del amor. La sociedad actual sigue añorando el amor verdadero, lo busca, pero se da de frente una y otra vez con la transitoriedad, con el permanente disfrute superficial, con la necesidad de saciar el instinto más terrenal a nivel cognitivo. ¿Dónde está la vulnerabilidad en este tipo de modus vivendi?; simplemente no tiene cabida. La vulnerabilidad requiere de un proceso de apertura, de una decisión por desprotegerse y ser consentir que el otro penetre en ti. Todo ello requiere de tiempo, de reflexión, de tomar la decisión, de una cierta espiritualidad que no existe en nuestra estructura diaria construida sobre unas bases tan efímeras. Así pues, ¿cómo va a encontrar el amor verdadero el hombre moderno?. La tentación de llegar a amores de intercambio,- que no de entrega-, donde cada uno de los dos amplía su seguridad en su vida diaria a la parcela de su relación;  su zona de confort la traslada al ámbito de las relaciones íntimas; difícilmente , en un ambiente de amenazante transitoriedad de un estado amoroso se puede cultivar la entrega, ¿cómo me voy a entregar al otro si estoy con otro el rabillo del ojo contemplando la posibilidad del cambio?. Malos tiempos para el amor verdadero. 











miércoles, 18 de noviembre de 2015

El Don, por mandato natural




Contabilizaba este amigo mío 4 citas con aquella muchacha morena con grandes ojos de tonos avellanados, -decía   el - , mientras un dulce gesto de admiración poblaba su faz.
Incrédulo de sí mismo, narraba los cuatro encuentros que hasta el momento había tenido  con la gratificante sensación de que le parecía haberla conocido desde siempre, pues sólo ya con los paseos que ambos realizaban notaba como si hubiera caminado junto a ella desde pequeños,  y quizás,  para siempre ya.  Me emocionaba  la ilusión con que mi  amigo relataba las diferentes situaciones que había vivido con esta mujer, con la que sin duda parecía haber tenido un flechazo; son ese tipo de situaciones que desembocan en un reconocimiento mutuo de abrumadora intensidad, hasta tal punto que ya nada hace falta añadir para reafirmar la gran unión que se ha producido entre dos almas. Simplemente ha pasado, y ambos lo saben perfectamente.

Después de unos minutos escuchando sus relatos de  apasionada vehemencia, logró  sugestionarme, suscitando en mí  un pequeño pensamiento. Le interrumpí ; le dije, ¿te das cuenta de cómo estás hablando?.   Querido amigo, un don te ha sido ofrecido por la naturaleza,  su capricho ha decidido que te enamores apasionadamente, y que sientas en tu interior amor intenso, un amor irracional  hacia tu esbelta mujer de ojos  grandes y tonos avellanados.  ¿Qué has sacrificado para que este  momento de unión amorosa entre almas haya tenido lugar?.

Cuan diferente resulta el  amor irracional respecto a todos los demás órdenes de nuestras vidas;  todo cuanto conseguimos o ambicionamos está sujeto, en la mayoría de ocasiones, a un gran esfuerzo personal, a la disciplina y a la perseverancia, ni si quiera así nos es garantizado el éxito. La consecución del objetivo o metas vitales que uno se va trazando con el objeto de dibujar su propia vida  en muchos casos es un reguero de esfuerzo personal.
El amor irracional es así,  no pertenece a la esfera del  la vida real, es, por contraste, -sin duda-,  el mayor don o riqueza que le puede a uno ser dado, y te es dado por nada, simplemente porque el amor así lo ha querido. Tanto por tan poco.  

Recibir algo tan grande como un flechazo amoroso sin haber sacrificado nada para ello,  fue resultado de un caprichoso  don inconsciente  para la ubicuidad,  que le llevo a encontrarse con ella, -en realidad por absoluto  azar-, al salir de visitar un edificio de viviendas donde estaba valorando vivir en alquiler; ella pensaba que era el cliente con el que había quedado para visitar el edificio, pues se dedicaba a ser comercial en una empresa inmobiliaria.


Ella lo abordó. Mi amigo le dijo que no era Jorge,  pero  sí,  casualmente acababa de ver una vivienda en el edificio para alquilar.





martes, 17 de noviembre de 2015

La invasión silenciosa.




El terrorismo, aunque muy cruel, sólo es un fenómeno colateral de la invasión silenciosa, no puede tener recorrido a largo plazo. La desgracia de los atentados, sin ser lo sustantivo del fenómeno de invasión, es lo único que puede hacer reaccionar a la anestesiada Europa, que no es consciente del fenómeno de colonización musulmana, - en varias etapas - , que lleva ya tiempo en proceso.



La invasión silenciosa es un fenómeno que sigue su imparable curso independientemente de que haya terrorismo o no. Esta invasión se apoya en al menos dos factores fundamentales para hacerla posible: la tolerancia no selectiva de la cultura europea hacia otras culturas; occidente no es capaz de distinguir qué culturas son compatibles con la suya propia. El segundo es la falta de natalidad; hueco que el Islam va a rellenar con súbditos bajo la imagen de inmigración trabajadora; después, cuando sean crecientes en número, impondrán su religión sobre nuestra cultura. Aclaro que no sugiero que los musulmanes que vengan a trabajar aquí estén pensando en colonizarnos como parte de un plan: no. El asunto no funciona así, ellos vienen a trabajar y disfrutar de la libertad de europa, pero siguiendo férreamente los dictados del islam, sin integrarse en la cultura y valores occidentales, utilizándolos únicamente en su beneficio: ejercer su libertad de culto y modo de vida dentro de nuestro territorio, al margen de Europa, pero en Europa.


Occidente debería ser consciente de que su hegemonia económica induce el soterramiento de la fuerza colonizadora del islam. Pero ese fuerza colonizadora está latente. El islam es una religión pacífica mientras no vea la posibilidad de expandirse. Occidente piensa que las - por ahora - minorías musulmanas que conviven entre nosotros son pacíficos, que aceptan nuestra cultura y nos respetan. Esta percepción es virtual; las minorías musulmanas saben que la única manera de disfrutar, por ahora, de Europa, es aceptar nuestra forma de vivir. El día en que, como ya han baticinado muchos lideres musulmanes instalados en Reino Unido la población musulmana empiece a ser mayoría, se acabo el pastel, se acabo la tolerancia, se acabo la libertad. 

Será imposible que Europa acabe con este peligro utilizando el buenismo del que hace gala, sencillamente porque en un conflicto de intereses que llegan a ser contrapuestos : islam-cultura occidental, o se juega con las mismas reglas o el que hace de bueno termina masacrado por el otro; debilidad que ellos conoce  y piensan aprovechar. La única forma de acabar con este proceso será tomando decisiones drásticas que se considerarán injustas e intolerantes por parte de sectores amplios de la opinión pública, o más exactamente, de la opinión dirigida por los medios de comunicación masivos, que son los que controlan en pulso de lo políiticamente correcto, y que los dirigentes europeos siguen como niños obedientes, sabedores de que no obedecer significa perder la popularidad entre los medios, y como consecuencia, perder las elecciones. 

Muy diferentes son los discursos de los líderes de la Europa de Este. El control que hace Putin sobre los medios de comunicación , le permite hablar de las cuestiones de calado internacional sin tapujos, yendo al meollo de los asuntos sin complejos, sin el temor de ser aniquilado políticamente por los medios de comunicación. El primer ministro Húngaro, por su parte, -sociedades carentes de este buenismo ignorante -, y sin una intromisión tan brutal de los medios masivos de comunicación en dictar pautas estrictas acerca del estado de opinión, afirma con contundencia que la calidad democrática de Europa está en entredicho,  pero no se le ha preguntado a la población que es lo que desea hacer con todos estos problemas, desmarcándose del buenismo de los líderes de la Europa del Oeste. 







Camino a casa.




Por fin nos despedimos de unos desconocidos para mí, tan sol conocidos por ella. Avanzamos unos metros por la acera y ya me sentí libre para rodear su cintura,  mientras caminábamos hacia el coche. Un buen rato de contención en público me hizo poder saborear  con mayor regocijo el disfrute mutuo. Por fin volvíamos a la agradable rutina de acariciarnos constantemente, mirarnos con complicidad cada pocos pasos, y besarnos sin límite en cada espera para cruzar cualquier calle.  Serían alrededor de las 4 de la madrugada. Poco quedaba ya por hacer, salvo llevarla a casa de sus padres y disfrutar por el camino  de nuestra intimidad lejos de la distancia que nos dictaba el estar en público.

Caminábamos por una de las aceras de la embajada de EEUU, la acera estaba poblada por las hojas de los plátanos que son símbolo arbóreo de las calles de Madrid. Sus tonos amarillos, a veces muy luminosos, comparte el suelo en armonía cromática con el suave color grisáceo de las aceras. A un lado nos flanqueaban los troncos de los árboles, al otro un imponente muro de la valla de la embajada.

La temperatura era fresca, pero en ningún modo incómoda. Los dos sentíamos una pequeña  euforia en la conversación  por ser dueños de nuestra intimidad en el solitario Madrid de las madrugadas de otoño.

No quería que aquel feliz trance en forma de  paseo terminara. Me sentía feliz por advertir que aquellos momentos tan sencillos me eran tan gratos, y  tener la sensación de que no necesitaba nada más que a ella arropada por mi brazo en su cintura,  nuestro alegre paseo y el relajante paisaje urbano nocturno de Madrid.

Ella aminoró,  soltándose suavemente  de mi cintura.  Se detuvo  e  inclinó su cuerpo graciosamente para apoyarse en el muro; ya es la segunda vez que interrumpe un paseo para apoyar su esbelta figura, su espigado cuerpo curvilíneo sobre un muro callejero que limitaba con la embajada.  “He parado para mirarte” –  me susurraba dulcemente mientras me miraba con una amplia sonrisa - . He descubierto lo agradable que me resulta poder mirarla de cerca, cuanto más cerca estoy de su rostro, más te cautiva la acción conjunta de sus expresivos y dulces ojos,  más una media sonrisa entre bondadosa y complacida. Ya el tiempo no cuenta.

Empezamos a contemplarnos, a recrear nuestras miradas el uno en el otro, apoyamos nuestros antebrazos en los hombros del otro, nos abrazamos, nos cogemos de la cintura alternadamente. Ya el tiempo no cuenta.


Mientras, hablamos de cualquier tontería, cualquier carantoña es válida para tocarnos, para conocernos a través del tacto de nuestros cuerpos en conjunción;  nuestras miradas constantemente cómplices y juguetonas, sabedores de que este juego es tan intenso y gratificante como verdadero y trascendente. Quizás sea esta mezcla entre juego y proyecto común el que hace que estos momentos se proyecten en el tiempo, y una breve parada de una pareja sobre un muro se convierta en 40 minutos de un sencillo y auténtico momento que permanecerá en mi memoria.

jueves, 29 de octubre de 2015

Grandes amores.




Sucede que no recuerdas su rostro. Intentas rememorar su voz, sus gestos, sus facciones en movimiento. Nada puedes evocar. Cada encuentro se convierte en un evento anhelado y renovado; mantengo la ilusión de saciar mis sentidos en cada cita a sabiendas de que en la siguiente,  su cara y sus gestos vendrán a mí como algo nuevo por descubrir, pues ella y su expresión, su gestualidad y coqueta dulzura,  agotan mi percepción en cada cita provocando el colapso de mis sentidos, que nada pueden recordar expuestos a una tormenta de sofisticada belleza natural.






viernes, 23 de octubre de 2015

Cris bcn




Pensaba en cómo debía estar sentado a su llegada; sentía la impaciencia nerviosa que te hace variar la postura buscando una comodidad ficticia.

Mi tensión iba en aumento hasta que decidí relajarme;  de nada servía desear contemplar su llegada, pues era previsible que se bajara del taxi a mi espalda, sorprendiéndome en cualquier momento con una mano posada sobre mi hombro, o algo así de inesperado. Sospechaba que mi  acostumbrado deleite por observar  los breves instantes en que una mujer se acerca hacía uno sonriente, no tenía visos de cumplirse. A menudo,  los últimos metros hacia el saludo mientras una mujer te mira a los ojos, -si tiene suave descaro para ello-, pueden definir, en parte, el cariz de un encuentro.

Ver una mujer de un plumazo mientras se acerca  caminando es cuestión de tres o cuatro segundos, no más; pero en ese lapso te asalta una  sensación visual de conjunto que te deja el buen sabor de boca, o una incómoda insatisfacción;  me recuerda a la sensación definitiva que uno tiene al degustar la primera copa de ron con coca-cola tras un par de semanas sin probarlo; sabes que el primer sorbo vas a saborearlo intensamente como un manjar nuevo, pero si el ron no esta bueno, te amarga el inicio y buena parte de la noche.

Ella no terminaba de aparecer ni por detrás, ni por ninguno de los laterales de la acera. Unos minutos después, dirigí la mirada hacia un lateral de la acera, encontrando una sinuosa silueta de mujer que desapareció fugazmente,  pues el tronco de un árbol cercano me impidió identificarla. Me inquieté; traté de asomarme a un lado o a otro del árbol; conseguí finalmente  que apareciera ella ante mi vista como una imagen clara y nítida. Caminaba erguida, con cierta parsimonia y distinción  mientras dirigía su mirada hacia el interior del bar, en mi busca. Aunque su cabeza estaba girada, su cuerpo aún conservaba la posición  que su caminar por la acera le era natural.

Nos saludamos, seguramente me levanté, creo que sí lo hice, aunque en esos momentos estoy más pendiente de qué me transmite su presencia, más que del rutinario saludo. Ya estábamos sentados y dispuestos a comer. Ella tiene una capacidad especial cuando te habla y está de frente  mirándote: "llena tu espacio visual".

Si estuviera escribiendo un guión de cine, ahora tocaría hacer una elipsis,  pues dentro de unos minutos, mientras escribo estas líneas, ella cumplirá 26 años,  -unos días después de este encuentro que retengo en mi memoria, y me es grato relatar -. Finalmente se sentó y pude empezar a disfrutar de su estampa. Me generan un deleite inusitado las mujeres con espaldas bien formadas y hombros bonitos, altos, bien situados a la altura de las clavículas, de manera que le otorga un porte distinguido y femenino. Así es ella , la línea que discurre desde uno de sus hombros hasta llegar al gemelo, es recta, y por ende, forman un ángulo recto con el cuello. Nada más atractivo que una mujer con hombros bien formados y anchos - sin llegar a ser masculinos- , les son especialmente agradecidos todos los vestidos que los dejan al descubierto, como los palabras de honor, o vestidos que rodean el cuello, dejando ambos hombros y los brazos al descubierto. Es muy difícil encontrar una fémina de  espalda generosa, recta, de hombros rotundos en su redondez,  y que esa misma forma curva tenga la suficiente contención para no llegara a ser vulgar, Cris bcn no se conforma con sus hombros, sus brazos continúan coherentes con esta filosofía de la curva en el límite entre lo voluptuoso y lo elegante, siempre ahí,  jugando a esas dos bazas simultáneamente.

Se pueden imaginar después de esta descripción, que mi ensimismamiento durante nuestra conversación me impedía prestarle la atención requerida a sus palabras y explicaciones,  pues yo me entretenía entre sus hombros y sus brazos, con aquella postura recta de perfecta geometría ortogonal y de dama bien educada en la mesa.  Al poco de empezar con el primer plato, se tomó  interés en explicarme  cierta cuestión, y fuesen ese instante, cuando al empezar la argumentación hizo un gesto de reafirmación, - de autoridad para acompañar su discurso, como para imprimirle más persuasión -  ; se agarró la enorme melena natural de cabello castaño,  que hasta el momento tenía reservada como estoque final detrás de su espalda, y finalmente la descubrió a mi vista mientras la acariciaba con ambas manos en un elegante movimiento de gran sensualidad. Posó su larga melena ondulada, de insultante vitalidad sobre uno de sus hombros, retorciéndola con suavidad, formando un precioso helicoide con sus hebras, quedando así como si luciera una coleta que adornaba su hombro, - pero más sensual- puesto que aquel equilibrio tendía a romperse en favor de la expansión de su fuerte y saludable pelo, que tendía a desparramarse en mechones de gran placer visual sobre su hombro izquierdo.

Por muchas se cuentan las ocasiones en que ella, ignorante de mi intenso placer visual, de mi aventura vital sigilosa,  me replica con cierto retintín sobre mi falta de memoria cuando me recuerda eventos y pensamientos que me ha contado en otras ocasiones. Es normal, y yo la comprendo, pero,
¿qué tanto responsable o culpable soy,  si veo la vida en imágenes,  y siento el placer de la pasión de un gesto como si fueran lapsos de tiempo que intensifican mi vida hasta casi hacer parar el tiempo?.